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Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2004.
02/06/2004
 Toño, 45 años en una silla de ruedas. Un optimista donde los haya. - He visto, Adriana, que en el pastizal, un grupo formado por varias cabezas de reses atacaban a otra, en una lucha que parecía a vida o muerte. - Eso, primo, ocurre cuando se introduce una nueva cabeza en un grupo ya formado. - He visto, Adriana, que en el corral, unos pollos peleaban con otro, que aparentemente era más fuerte. - Eso, Toño, pasa cuando una gallinácea invade la privacidad de un conjunto de aves de su misma especie. - También he visto, Adriana, que en el palomar, una de las palomas tenía una pata rota y estaba acurrucada; debía llevar varios días sin comer y las otras le estaban dando picotazos. - Eso,.. - Ya, ya lo sé. Las palomas son crueles entre ellas y cuando una esta lisiada... o simplemente es diferente, la picotean hasta matarla. - , hizo una pausa y siguió, -A veces, la gente también es así. No le gustan los que somos diferentes. Habló sin tristeza, constando simplemente un hecho.
03/06/2004
04/06/2004
 Qué hermoso es sentir la fresca brisa en el rostro y contemplar el mar sereno; el sol rojizo en el cielo; las nubes que se deslizan empujadas por el viento tomando curiosas formas. Qué hermoso es sentir una mirada. Ver unos ojos fijos en mí. Unos ojos que transmiten, en silencio, una sensación de quietud.
- Buenas noches
Sí, la imaginación puede crear su propio universo. Hasta que alguien interrumpe y te devuelve a la rutina.
Dejé mi mundo y vi un paisaje menos exuberante. Un paisaje compuesto por un mostrador, una amplia recepción, en la que no faltan dos o tres plantas ornamentales, unas pinturas, y, una decoración acogedora y moderna propia de un hotel de su categoría.
- Buenos noches, caballero-, contesté cortésmente al cliente, que desde el otro lado de la barra, exigía mi atención.
Tomó en sus manos la llave de la habitación. Pero no se marchó, sino que puso a prueba mi capacidad de atención, -o tal vez debería decir comprensión-. Examen del que, sin duda, salí airoso y con nota. Y es que sus confesiones me han arrebatado una expresión de sorpresa cuando creía tener superada la posibilidad de sorprenderme.
La vida es lo que uno hace de ella. Hay personas que nunca están satisfechas. Yo soy una de ellas. Mi vida navega durante todo el día en continuas sonrisas. Sonrisas forzadas. Risas que en realidad son llantos. Y a pesar de mi sonrisa, nadie me ha querido nunca. Sé que no hago las cosas bien. Las hago mal, porque quiero que me odien. Si me odian por lo menos se darán cuenta de que existo. La vida es lo que uno hace de ella y yo he estropeado la mía.
07/06/2004
 A los diez años y gracias a Míriam supe que las mujeres son manipuladoras. Dicen que el mundo se ha hecho a semejanza nuestra, la de los hombres. Dicen que somos nosotros los que lo disfrutamos. Pero no, lo único que en realidad somos, es siervos suyos. No nacimos para mandar sino para la sumisión. A los catorce, con la sofisticada Silvia, supe que las mujeres son celosas. El simple hecho de tomar un café sólo, acompañado de una amiga de infancia, provoca el encendido inmediato del motor de la desconfianza y el recelo. A los dieciocho, con la amiga de Silvia, la cosmopolita Teresa, supe que las mujeres son acaparadoras. Después de iniciarme con ella, un día que sus padres no estaban, en el arte de los placeres carnales, pagué un alto precio: el de ser propiedad exclusiva suya durante dieciséis horas al día. Con voz, pero sin voto. A los diecinueve, con Mari Carmen y su extraordinaria belleza, supe que las mujeres son mentirosas sin piedad. Por necesidad, por protegerse, por inconformismo, por rebeldía, por... lo que fuera, me dejó amparándose en la quinta enmienda de un tal artículo 52 de la constitución de Bruselas. Principio que nunca llegué a conocer. Con los 20, llegó a mi vida Ana y su obsesión por la pintura, y supe que las mujeres no están contentas nunca con nada. Tampoco pude descifrar qué había detrás de aquella coraza. A los 21 con Mónica supe que las mujeres amparándose en el infantilismo, son a veces, infieles. Cualidad respetable, siempre y cuando no lo nieguen escandalosamente, aprovechando nuestra sumisión y docilidad mendigante. A los 33, he confirmado que siempre he sido una víctima. Que nos movemos y agitamos por ellas sin hacer caso al sentido común. Que las princesas azules destiñen.
09/06/2004
 De pequeño ya era rebelde. No soportaba actuar como las personas corrientes.
Tanto, tanto, que una vez, después de intentar coaccionar a mi madre para conseguir cualquier juguete caro de moda, y sin éxito, opté por el plan B.
El plan B consistía, ni más ni menos, que tirarme al vacío desde el segundo piso, sin entresuelo, en el que por aquel entonces vivía. Y así se lo hice saber a ella.
Dicen que las madres son sabias y quieren mucho a sus hijos, pero a mí, en aquella ocasión no me lo pareció. Por lo menos lo segundo.
Recuerdo aún hoy aquella mirada seria. Recuerdo aún hoy y ahora lo que me espetó, sin ni siquiera titubear, Está bien. Tírate. El oír eso me hizo cambiar de idea. No cumplí la profecía y actué sobre la marcha siguiendo un, podríamos decir, plan C: encerrarme en mi habitación y sollozar nerviosamente.
11/06/2004
 Me encantan los hombres. A veces son mi debilidad. Otras mi fortaleza. Y sí, claro, otras también mi perdición. De lo que nunca me arrepiento es de probarlos. Aunque probarlos signifique tener siempre a mano el bicarbonato, por si surge la indigestión.
¿Tú eres mujer?. Sí, tú que estás aquí. ¿Lo eres?. Entonces, amiga mía, sabrás que para saber a qué sabe algo, hay que probarlo. Coges un trozo, lo llevas a los labios, lo masticas despacito para percibir los distintos sabores. Y luego decides. Porque ambas sabemos que las apariencias engañan. Los filetes tiernos, al cocinarlos, pueden convertirse en suelas de zapatos. Las pastas duras, al cocerlas, se derriten. Las galletas más dulces, resultan ser saladas o con sabor a limón. Las insectos fritos, que deberían ser agrios, son dulces mangares de dioses.
Por cierto, me llamo Lucía, y,... te voy a confesar algo. Ahora que llegan los primeros calores del verano me gustan los hombres fríos. Fríos como Antonio. Hombres de una sola noche. Hombres que buscan la satisfacción del momento. Que no ofrecen nada. ¿Inconveniente?. Se terminan enseguida al igual que los helados.
No creas, como a ti, también me gusta la intensidad y la pasión.¿Has probado la paella?. Yo la probé con Julio. La contraindicación es que debes alejarte de ellos, por lo menos hasta cierta edad. Suelen ser celosos y egoístas.
¿Y qué me dices de esos que son pesados?. Los que te hartan enseguida. Me recuerdan a la miel. Si sólo es una pequeña dosis, realza el sabor; si es más... aburre.
Hmmm me estoy acordando de Juan, un morenazo, sí señor, pero sin personalidad. Ja, ja. Cómo el marisco. Que sí, que soy gallega. Lo que te decía, está rico, pero tiene una coraza y no tengo paciencia para romperla.
¿Y Luis?. Me quiere mucho. Pero es incapaz de darme un no por respuesta. No sabe qué película ver. No sabe a que bar ir. No sabe que hacer una tarde de domingo. No sabe. Hay que aliñarlo porque por sí mismo no tiene sabor. Ya sé, justo como la ensalada.
Se lo comentaba a Manuel, cuando me propuso ir a un restaurante italiano. Manuel que la pasta ha de estar en su justa medida: ni muy cocida, ni poco hecha; y, en el Di San Remo, con toda su fama, nos podemos llevar una sorpresa, porque no se paran en los detalles.
Que sí amiga, que un hombre de calidad y con la consistencia y dulzura necesaria es difícil de encontrar.
Yo no lo he encontrado.
15/06/2004
 Sentado en la mesa de un concurrido bar pensaba que si se lo hubiera contado a alguien, todos habrían dicho que cometía un gran error. Seguramente no era cierto. Tenía una necesidad de hacerlo. De conocerla. Pedí una tónica. La copa estaba fría. La acaricié suavemente con mis dedos. Al otro lado de la mesa estaba ella, radiante. Es extraño, nunca habría tenido una cita con una mujer. No de aquella manera. Pero allí estábamos los dos. Cada día se escribe una historia. Hoy busco una: la mía. Una historia que me aleje de los fantasmas del dolor y la soledad.
16/06/2004
 Qué difícil resulta a veces escribir sobre una hoja en blanco. Tratamos de dar forma a las palabras, haciéndolas estéticamente bellas. Las modelamos a imagen y semejanza nuestra, expresando ideas, imágenes o sentimientos. Y todo ello a través de nuestra experiencia, de nuestras vivencias, de nuestros conocimientos.
Creamos belleza gracias a nuestras ideas. Y luego esperamos la valoración del lector. Que nos miran. Que nos critican. Que se aburren. O que se ríen. Escribimos porque esperamos ser leídos por alguien que se asomará a nuestro interior por un momento. Se asomará a ese instante que hemos detenido, capturado y retratado con más o menos acierto. Escribimos porque somos narcisitas.
Yo escribo porque puedo plasmar deseos, inquietudes. Puedo jugar a ser dios creando espacios, lugares, situaciones. Y lo puedo hacer sin la mirada atenta de nadie. En soledad, en silencio. Escritura de subsistencia, cuya única finalidad es alimentar mi propio yo.
¿Y tú, por qué escribes?. Ó , ¿por qué no lo haces?.
18/06/2004
 - Eres un inmaduro. Un payaso. De pequeño me gustaba ir al armario de mamá y sacar de él unos zapatos de tacón, una camiseta, ó, una falda. Me las ponía y me acercaba al espejo de la coqueta. No para mirarme, sino porque allí tenía ella el maquillaje. Y con la barra de labios me pintaba la cara. Hoy, en cierta manera sigo haciendo lo mismo. Y lo hago aquí, en el chat. Me gusta no verme siempre igual. Me gusta cambiar. Me gusta hacer espectáculo. Me gusta sacar mi lado infantil, que espero no perder. Y aquí me encuentro con personas a las que robo una sonrisa. Personas que se acercan. Personas que, al igual que yo, disfrutan de la fantasía y de la imaginación. Personas a las que no se les ha olvidado esa otra forma de ver la vida: a través de los ojos de un payaso. Me encuentro con otras personas que me miran mal. Que no critican. Que insultan. Y lo hacen convencidos de que en esta sociedad hay que ser maduros. De que en esta sociedad hay que seguir unas normas establecidas, -mal establecidas, añadiría yo-. Me confieso culpable de ambos cargos. Aún así, cada vez que entre a una sala, seguiré escribiendo posibilidades.
21/06/2004
 En mi tierra dicen los agricultores, que antes de recoger una cosecha, es necesario arar , abonar y plantar. Este año he plantado unas fresas. Del resultado no os voy a hablar. Lo dejaré a la imaginación de cada cuál. Eso sí, recomiendo encarecidamente que cada uno se dedique al campo que conoce y domina. Porque si aún en ese hay carencias y fallos, en los otros, los que desconocemos, pueden ser motivo de trastornos, incluso graves.
Paola, que, por alguna circunstancia que desconozco, era docta en temas agrarios, se dispuso a preparar el terreno. Así, convenció a Javier de que él era el príncipe con el que había soñado siempre. De que su mirada la hipnotizaba de una forma irremediable y la hacía mecerse en un sueño de nubes de algodón. Y si a esto unimos que la muchacha tenía unas proporciones envidiables y que, para más deleite de nuestros sentidos, sus facciones la hacían parecer una verdadera diosa, podemos entender el embobamiento de nuestro chico.
Paola, de la que no pongo en duda su honra, vivía con unas amigas. Amigas que ejercían la que dicen es la más vieja de las profesiones. Así las cosas, nuestra guapa protagonista femenina propuso una tentadora oferta al chico. Se iría a vivir con él, si, y sólo si, éste le compraba un pisito, que de antemano ya lo había ido a ver ella. Tenía que entregar una suma considerable de dinero, para garantizar la compra del mismo. Además debía ser en metálico, por aquello de respetar el dicho popular que reza que Hacienda somos todos, menos cuando hay que pagar. Ya habían pactado precio y condiciones; y firmado ante gestor inmobiliario - y es que a esos negocios de alterne acuden los menos pensados y sirven de oficina para las más diversas transacciones-.
Javier, no importándole hipotecar su vida en una conocida oficina bancaria local, retiró la mencionada cantidad y, maletín en mano, se dirigió a hacer efectivo el pago a la sucursal móvil de la gestoría, cuya razón social estaba sita en el piso al que acudía tan a menudo como el saldo de su tarjeta visa se lo permitía. Se quedó sorprendido al encontrar el local vacío y sin rastro de las chicas que vivieran allí.
Paola hizo bien su trabajo. El terreno era bueno y las condiciones climáticas favorables. Sin embargo se le olvidó lo más importante: recoger los frutos.
24/06/2004
 Fuera, el calor apretaba. Sin embargo, allí dentro, en la bodega, el clima era agradable. Era húmeda y fría. Olía a tierra. Olía a madera. Olía a humo. Era oscura y había sombras que parecían tener vida propia.
Patricia, que regenta un pequeño mesón en la villa a la que pertenece aquella aldea, me tendió la copa. Una copa de cristal fino. Fría al tacto. La alcé para mirar su contenido al trasluz. El caldo era claro. Olí y percibí esencias afrutadas. Lo toqué con la punta de la lengua y era dulce. Tomé un sorbo y lo dejé reposar en mi boca. Lo moví hacia los lados. Por último acabó en el estómago.
- Una buena cosecha-, le aseguré a Patricia. - ¿Por qué no amplías tus horizontes?- me dijo, manteniéndome la mirada con aquellos ojos oscuros, ardientes. - ¿Estamos hablando de mi vida?. Me he perdido. - Claro que de la tuya-, dijo acercándose hasta casi rozar con sus labios los míos. - Me gusta que me den consejos, es más, a veces soy yo el que los busco, porque de nada sirve refugiarse en un orgullo autosuficiente. Otra cosa es hacerles caso. - Eres humilde y rebelde al mismo tiempo-, susurró; mientras el aroma de su cuerpo me envolvía hasta el punto de casi enloquecerme. - Mírame-, me ordenó. Y al hacerlo me encontré con sus labios que devoraban los míos. Fue un beso largo y profundo.
Jugueteó con su boca haciendo que mi cuerpo la deseara. Sus manos recorrían mi espalda, mis hombros. Su pecho rozaba apenas el mio. Se apartaba y volvía a acercarse, a provocarme. Mi piel se erizaba de una forma incontrolada. Al final, acabé apartándome de ella como pude.
- ¿No me quieres catar a mi?-, y lo dijo quejándose. - Patricia, no eres tú, soy yo. Soy gay. - Cuando te he mirado pensé que me deseabas. Cuando he rozado tu oreja con mis labios, noté como tu respiración cambiaba. - ¿No has oído hablar de las reacciones químicas?-. Y sin esperar su respuesta, salí de la bodega.
Fuera, el calor era insoportable.
28/06/2004
 - Patricia, Patricia, Patricia...- . Repetía una y otra vez su nombre, ajeno a todo cuanto sucedía a mi alrededor.
Sentado sobre un viejo escalón de piedra. Una escalera compacta de piedra, de una antigua casa de piedra de muros recios, sin restaurar, con una chimenea barroca de piedra. Allí, encogido como si tuviese frío en un día en el que el sol era el protagonista indiscutible, intentaba apropiarme de una bocanada de aire fresco, puro, de alta montaña. Allí, rodeado de prados, rodeado de antiguos sabores, intentaba arrebatarle al tiempo ese momento de soledad, de silencio, que mi desolación necesitaba.
Mi mirada ausente se detuvo en el blasón ovalado de granito fino en el que un caballero de facciones serenas y ojos grandes y expresivos, montado sobre un corcel, lanceaba un león delante de un árbol. Se enfrentaba cara a cara a la adversidad, a su destino.
En ese momento me sorprendí pensando en mí mismo. Pensaba que mi vida no me pertenece de todo . Pensaba que cada uno es responsable de su propia felicidad, o ,como en este caso, de su propio infortunio. Somos nosotros mismos los que abrimos la puerta a la fatalidad.
- ¿Cómo seguir aparentando indiferencia?-. La respuesta no era sencilla. No quería enamorarme, porque eso significaría apartame del sentido común. Significaría entrar en un estado de dependencia, de necesidad, de locura, de sentimiento complicado.
- ¿Qué es lo que más desea un hombre atado a alguien a quien tiene que fingir que la quiere?. Desea cambiar su vida previsible, lineal, vacía. Desea rebelarse contra lo que le sucede. Desea salvarse.
Pero no. No quiero convertirme en amante. Entregarme a ella en las pocas horas que dispongo. No quiero vivir en un mundo inventado.
- Patricia, Patricia, Patricia... -. Sin ni siquiera percatarme seguía repitiendo su nombre. Deseando haberme fundido en sus brazos. Pero no, ya no podía regresar a la bodega.
30/06/2004
 Mientras, Patricia, en la bodega, con los botones de su camisa casi arrancados, con su melena suelta sobre los hombros, con la respiración completamente alterada, se preguntaba por qué él había salido de ese lugar sin siquiera mencionar lo que sus ojos ya habían confesado. La única luz que entraba allí del exterior era a través de la puerta, que ahora estaba abierta. Patricia se quedó mirando como una mariposa revoloteaba siguiendo ese haz de luz. Encendió un cigarrillo y tomó una bocanada de humo para salir de su ensoñación.
- ¡Idiota!-, dijo recuperando su sonrisa casual.
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