En nuestra estación

Cada mañana, aquel violinista repetía el mismo ritual. Llegaba muy temprano. Escogía su rincón en un lugar de paso, muy concurrido, y colocaba en el suelo, junto a sus pies, una vieja gorra de color verde, boca arriba. Después atrapaba el arco con sus dedos negros, acomodaba aquella caja en el hombro y, como si reposase sobre un lecho de notas amargas, inclinaba la cabeza sobre el violín. En cuanto comenzaba el baile de viajeros cerraba los ojos y se volvía invisible mientras soltaba las riendas de su alma entre aquellas cuerdas flojas. Sólo a veces el tintineo de unas monedas le devolvían al trajín de la estación. Entonces, lanzaba una mirada furtiva a su alrededor, buscaba sus pies y de nuevo cerraba los párpados.
Cuentan que el jueves apareció una gorra verde sobre las vías. Era vieja y esta rota y ensangrentada. Alguien la guardo en una bolsa junto a un sonajero, una tartera y un libro de historia. Dicen también que en el lugar donde cada mañana dormía un músico alguien ha encendido una vela. Y que en el andén, al amanecer, de nuevo, rezuma tristeza de violín. Que sus lágrimas suenan por cada esquina. Cuentan incluso que cuando el tren se acerca furioso y desconsolado los acordes fluyen con más fuerza de entre los hierros, entonando una melodía que ya nunca dejará de llorar en la estación. En nuestra estación.
María Varela (Diario de Pontevedra)
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