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Recuerdos en el Condal

Sentada en una mesa de, aquella en algún tiempo famosa cafetería, al igual que lo había hecho hacía quince años atrás, iniciaba un viaje al pasado a través de los recuerdos.

Laura acarició el vaso helado Long dring modelo imperial. Se lo acercó a los labios y bebió de aquel crianza elaborado con cabernet sauvignon. El posgusto a vainilla no consiguió influir en aquella visión pesimista que la acompañaba a todas partes y a ninguna.

Hacía quince años, cuando todavía era una adolescente, sabía ya que el hombre era un lobo para el hombre. ¿Qué había cambiado desde entonces?. Su afición por la coca-cola había dejado paso al gusto por los buenos vinos. Pero en aquel camino, que había vuelto a recorrer, las cosas seguían igual.

El aire seguía siendo irrespirable en una ciudad, en una sociedad, en la que los hechos contradicen las palabras. En la que los políticos siguen sermoneando acerca de valores morales y éticos, mientras hacen de los derechos un negocio.

Irrespirable en una sociedad en la que la mentira sigue ganando la batalla a la verdad. Y en donde los magistrados aplican unas leyes que no son iguales para todos.

Irrespirable en una ciudad que como hace quince años, como siempre, siguen los enfrentamientos, los saqueos, las violaciones. Una ciudad en la que los inmigrantes siguen paseando por unas calles que no les llevan a ningún lado. En la que preferimos mirar hacia un animal abandonado antes que hacia un niño marginado. En la que vemos morir en vida a los seres humanos.

Y la despertó el sonido de alguien que en la televisión del fondo decía que las gramíneas este año alcanzarían valores muy altos.

Estaba convencida de que ella seguía sin poder hacer nada. Porque si actuaba siguiendo sus sentimientos y su propia razón se convertiría en alguien marginada, inaceptada, menospreciada por los demás. Así que seguiría siendo esclava de sí misma. Seguiría asentando su vida en esa serie de intereses, de placeres, de decepciones que nada tenían que ver con lo que ella sentía.

Acababa de escuchar el del pita pita del , un tributo al mal gusto, algo que en estos días seguía estando de moda. Y apurando el contenido del vaso ya no-helado Long dring modelo imperial sentenció:

- Quiero caer en la locura que le da sentido a lo que no lo tiene.

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Si buscas amor eterno estás condenada al fracaso

Si buscas amor eterno estás condenada al fracaso


Julio era un mes de mucha actividad en la oficina. Las negociaciones más sustanciosas acostumbraban a ser ahora en verano. Victor era un tipo muy popular entre los clientes de J.P. & y asociados. Trabajaba lejos del hogar doce horas diarias. Dormía de domingo a jueves en un hotel. Y el viernes se marchaba a casa. Allí lo esperaban su esposa Sofía y Cristina, su hija adolescente.

Eran las siete de la tarde de un miércoles soleado. Víctor, tras leer un informe y comprobar unas gráficas, cerró los ojos, estiró el cuello hacia atrás y se llevó las manos a la cabeza. Estaba seguro que esta vez, la operación había sido un completo fracaso. Respiró profundamente, y sin pensárselo, se levantó de la silla y se dirigió a la oficina del jefe, el Sr. Blanquiño. Tras llamar a la puerta, entró con paso decidido y colocó encima de la mesa el informe.

- ¡Mierda!. Te dije que estudiaras todas las posibilidades. ¿Y qué haces tú?. Fiarte de la intuición de un novato.

- Señor, la idea era buena. Y yo asumo todas las responsabilidades. El único que se ha equivocado soy yo....

- Responsable, responsable...Quiero que te tomes un respiro. Vete a casa hasta el lunes. No te quiero ver por aquí. Y por el amor de Dios, encuentra cualquier resquicio legal al que podamos echar mano.

- Sí señor.

Eran las diez de la noche cuando llegó a casa. No había llamado. Les daría una sorpresa. A Cristina la oyó en la habitación. Bueno, lo que realmente escuchó fue el cd de Chayanne. La cadena musical que le había regalado en su último cumpleaños cumplía sobradamente con los watios que prometía. Pero Sofía no estaba. Era raro. No tenía hambre. No iba a cenar. Así que decidió salir al jardín.

- Bonita noche para pasear, cariño.

Sofía volvía a casa con las mejillas encendidas, con el pelo descompuesto. Daba la impresión de que acababa de abandonar una cama. Al verlo notó un estremecimiento. Notó como se le tensaba el vientre. Notó como se le hacía difícil tragar saliva.

- He...sí. Demasiada calor en casa-, dijo desconcertada. - Cristina tiene problemas en el Instituto; el fontanero sigue sin aparecer; los de la asociación siguen sin encontrar las facturas... Ha sido un día muy duro. ¿Pero tú que haces hoy aquí?.

Por un istante permanecieron en silencio. Sofía esperaba la reacción de Víctor. No era capaz de mirarlo. Sabía lo desaliñado de su aspecto.

Él se acercó y atrajo aquel cuerpo femenino que tan bien conocía hacía si. Olío una fragancia de hombre que él ya no usaba y pensó que su mente ahora le traicionaba incluso en la percepción de sensaciones. Le tocó con su boca los labios. Ella meneo la cabeza, pero lo besó. Las lágrimas empañaron los ojos de Sofía; y de sus labios surgían palabras que no podía pronunciar.

- Sofía estás temblando....
- Estoy un poco cansada. Te importa dejarme. Me voy a dar una ducha.
- Sí, ... claro.

Camino de la ducha no podía olvidar a Lorenzo. Tenía que admitir que estaba loca por él. Si buscas amor eterno estás condenada al fracaso. A la decepción. A decepcionarte. O a decepcionarle. Es mejor disfrutar del instante, apurarlo hasta el límite.

Aida

Aida



Internet es parte de mi vida. En él me he enamorado. También he reído, odiado, llorado.

Te conectas y siempre hay un Néstor, un Latino o un Diablillo dispuesto a conocerte. Y tú, ante eso, y lo sugerente de los nicks, te subes por las paredes. Al final, después de unas cuantas horas, terminas desconectándote y al lado de la nevera tomando un refresco light, frío, muy frío. Light porque te tienes que cuidar. Frío para quitarte el sabor agridulce que te ha quedado en la boca.

Néstor es falso, mentiroso. Latino aparece y desaparece, y si tuviese que decir algo de él... a ver, déjame pensar, sí, eso: sería que únicamente busca la conveniencia. Son comidas rápidas, de una noche. Pero al lado de las comidas rápidas, están esas otras. Esas que se disfrutan sin prisas, saboreando cada ingrediente. Como Diablillo. Personas con las que, sin ver, sin hablar, teniendo como único instrumento de expresión un chat, surge una especie de complicidad, que primero es de amistad y, más tarde, de algo más profundo.

Son uniones sinceras. Son uniones que llegan tras horas de conversación. Uniones que acaban por olvidarse incluso de las palabras. Una pequeña mueca, un guiño, una coma, un punto y la otra persona, desde la lejanía, sabe lo que su Diablillo particular quiere expresarle. Se hablan sin manos, sin gestos ni sílabas. A veces sin vocales, sin consonantes. Y se lo dicen todo. Todo porque se convierten en una sola, en una única persona. Se disfrutan con susurros, sin reservas, sin límites, sin normas. Se entienden por esa pasión, por ese amor sano, por escucharse, por no callar, porque no todos somos Marta, ni Néstor, ni Latino.

Alias

Alias


- No me gusta lo que escribes, ni cómo lo escribes. Eres un prepotente.

Me encontraba, como cada noche, en el chat y, una vez más, regresan las críticas. A Marta no le gustaba lo que leía. No lo soportaba porque lo consideraba repulsivo. Pero continuaba allí. Continuaba leyendo.

Claro que imagino que Marta en realidad no era Marta. Era Isabel, o Ana, o Beatriz, o Antonio, o Carlos. Marta puede ser una persona que le ha ido mal el día en la clase de matemáticas; o en la oficina; o, haciendo caso a la superstición, alguien que se ha levantado con el pie izquierdo. En definitiva Marta es una persona que se refugia en un nick para desahogarse en el ciber-espacio.

Y yo comprendo a Marta. Porque Marta sólo es un alias. Un alias que dice, que opina, que se queja, que insulta, que participa. Y si Marta fuese un no-alias, por su timidez, por su carácter introvertido, por ser una más del montón que no está a gusto con lo que es, por eso todo, no se irritaría, no criticaría. Por eso la comprendo. Porque sería triste que sólo pretendiese encontrarme en el chat elogios y alabanzas.

Hombre no querer a hombre

Hombre no querer a hombre


Hace años conocí un hombre. Era un hombre alto, educado, amable. Era un hombre de bien que vestía camisa de Pierre Cardin y pantalón Levi’s. Era un hombre que apenas chapurreaba el castellano.

Había llegado de la lejana Alemania traído por su afán de ampliar su cultura topográfica. Había venido a pasar unos días y se quedó toda una vida, prendado por lo que sus ojos contemplaron: una tierra, un mar, llenos de color y de vida. Vida que llenó sus necesidades espirituales.

La gente del lugar lo conocía y sabía de él. Sabía que dejó el hostal e, instalado en una roca, trabajó la piedra e hizo su museo. Sabían que disfrutaban de sus razonamientos, de sus palabras, de sus gestos. Y él sabía de la gente del lugar, de su gente.

El tiempo no se detiene y, después de haber disfrutado de nuestra tierra, un día nos dejó el amante del amor.

Han pasado ya algunos años y, aún hoy, resuenan sus palabras en mi mente:

hombre no querer a hombre.

Estaba solo

Estaba solo

Tenía hambre. Estaba solo.

Paseé por las calles de la ciudad. Miré algunos escaparates que encontré a mi paso. Saboreé el olor que se escapaba entre las puertas de los restaurantes y mi imaginación alcanzaba el éxtasis imaginando que era yo el que disfrutaba de esos placeres culinarios preparados con mimo por los más exigentes profesionales del ramo.

Era tarde. Era ya noche. Seguía paseando y las calles empezaban a llenarse de gente joven. Que iva. Que venía. De un lado para otro. Con risas, con empujones, con palabras de todo tipo. A cada uno de ellos parecía no importarle lo que hacían los demás. Fuera de los locales de copas, con los vasos de plástico de a litro en la mano, bebían de la música, de los gritos ajenos, de los suyos propios, del néctar barato que habían comprado a precio de oro en el local de moda.

Me dejé llevar por ese espectáculo de olores, de luz, de ruido y de muecas y sonrisas indefinidas que abrían al poseedor las puertas a un mundo imaginario lleno de riesgos y peligros.

Seguía teniendo hambre. Seguía estando solo.

En mi andar llegué a una calle oscura llena de parejas aparcadas en los portales disfrutando ingenuamente de besos robados, con o sin sentido, con o sin amor. Una calle llena de seres hipnotizados por el deseo, en el asiento trasero de un coche, pagado a plazos por un padre o una madre que ahora no dormía esperando su regreso al alba.

Me encontré vagando por la calles bulliciosas. Sólo.

Recordé cómo Adrián me abrió la puerta del Megane plateado; cómo salí; cómo arrancó.
Me había abandonado.

Reserva tu viaje

Reserva tu viaje


Siéntate. ¿Estás?. Olvídate de las prisas; de mañana; de hoy; de ayer; de tus amigos; de tu familia; de las deudas; de las rebajas. Olvídate de la adquisición de cosas; de la zancadilla al que ves como contrario; del servilismo; de sueños imposibles. Olvídate de mí; de que estoy aquí. Olvídate del tiempo.

- Bienvenido a la soledad y al silencio. Escucha lo que tu interior tiene que decirte; aquello que nunca le dejas. Porque no tienes tiempo. Porque no tienes ganas. Porque no es el momento. Porque no es lo correcto. Porque te sorprenderías a ti mismo.


Viaja por tu interior.
No tengas miedo.
Pasea
Piensa
Sé crítico

La llamada


Era tarde cuando Patricia entró en su casa. Dejó la botella de vino que había traído de la bodega sobre la mesa de la cocina. Se dirigió a la nevera y sacudió la cabeza en un gesto de desaprobación. Terminó por tomar un pequeño trozo de queso. Cogió una copa y descorchó la botella. El vino, hecho con uva moscatel de Alejandría, era dulce, pero ella lo encontró amargo.

No podía más. Había sido un día ajetreado en el negocio. Se dirigió a la habitación. Se desnudó y, tras ponerse una camisa amplia, se sentó en la coqueta, delante del espejo.

- Idiota-, repitió de nuevo tras cerrar los ojos por un instante.

Se levantó y se dirigió a la mesilla de noche. Acarició el teléfono. Lo dejó. Se sentó en la cama. Volvió a rozarlo con su mano. Y marcó los nueve números que le acercarían de nuevo a él.

- Hola
- Así que gay.
- Patricia, yo....-, pero ella no le dejó terminar.
- Me pregunto cómo sería si un día te dejases llevar.
- Me dejo llevar-, pensó él, pero no lo dijo. Su tono se volvió indiferente y frío. - Eres hermosa...
- Eso dice mi abuela.
- Eres hermosa y tienes montones de alternativas si lo que buscas es pasarlo bien una noche.

La ira brotó en el corazón de Patricia. Le quemaba las entrañas. Le quemaba la garganta. Y esperó a calmarse. Hubo un silencio.

- ¿Te has callado?
- En tu opinión soy una mujer fácil, una puta, porque tomé la iniciativa y pienso en el sexo igual que hacéis la mayoría de los hombres.
- Paso a recogerte en diez minutos y nos vamos a un hotel. Quiero comprobar cómo sabes.

Patricia se rió y echó la cabeza hacia atrás. - Así que estás sopesando mi capacidad de reacción .
- Eres una mujer hermosa y me tienes loco, pero si hasta ahora he conseguido mantener las distancias, seguiré haciéndolo. No puedo ofrecerte nada. O, ¿estás dispuesta a compartirme?.
- Así que te excito, pero quieres olvidarme.
- Patricia, buenas noches, te quiero.
- Te quiero
- No vayas a llorar
- No lo voy a hacer

Y colgó el teléfono. Una lágrima recorrió su mejilla. Acurrucada en su cama se quedó dormida.

Muere un sueño

Muere un sueño


Mientras, Patricia, en la bodega, con los botones de su camisa casi arrancados, con su melena suelta sobre los hombros, con la respiración completamente alterada, se preguntaba por qué él había salido de ese lugar sin siquiera mencionar lo que sus ojos ya habían confesado.

La única luz que entraba allí del exterior era a través de la puerta, que ahora estaba abierta. Patricia se quedó mirando como una mariposa revoloteaba siguiendo ese haz de luz. Encendió un cigarrillo y tomó una bocanada de humo para salir de su ensoñación.

- ¡Idiota!-, dijo recuperando su sonrisa casual.




No quiero vivir en un mundo inventado

No quiero vivir en un mundo inventado


- Patricia, Patricia, Patricia...- . Repetía una y otra vez su nombre, ajeno a todo cuanto sucedía a mi alrededor.

Sentado sobre un viejo escalón de piedra. Una escalera compacta de piedra, de una antigua casa de piedra de muros recios, sin restaurar, con una chimenea barroca de piedra. Allí, encogido como si tuviese frío en un día en el que el sol era el protagonista indiscutible, intentaba apropiarme de una bocanada de aire fresco, puro, de alta montaña. Allí, rodeado de prados, rodeado de antiguos sabores, intentaba arrebatarle al tiempo ese momento de soledad, de silencio, que mi desolación necesitaba.

Mi mirada ausente se detuvo en el blasón ovalado de granito fino en el que un caballero de facciones serenas y ojos grandes y expresivos, montado sobre un corcel, lanceaba un león delante de un árbol. Se enfrentaba cara a cara a la adversidad, a su destino.

En ese momento me sorprendí pensando en mí mismo. Pensaba que mi vida no me pertenece de todo . Pensaba que cada uno es responsable de su propia felicidad, o ,como en este caso, de su propio infortunio. Somos nosotros mismos los que abrimos la puerta a la fatalidad.

- ¿Cómo seguir aparentando indiferencia?-. La respuesta no era sencilla. No quería enamorarme, porque eso significaría apartame del sentido común. Significaría entrar en un estado de dependencia, de necesidad, de locura, de sentimiento complicado.

- ¿Qué es lo que más desea un hombre atado a alguien a quien tiene que fingir que la quiere?. Desea cambiar su vida previsible, lineal, vacía. Desea rebelarse contra lo que le sucede. Desea salvarse.

Pero no. No quiero convertirme en amante. Entregarme a ella en las pocas horas que dispongo. No quiero vivir en un mundo inventado.

- Patricia, Patricia, Patricia... -. Sin ni siquiera percatarme seguía repitiendo su nombre. Deseando haberme fundido en sus brazos. Pero no, ya no podía regresar a la bodega.

Explosión de sensaciones

Explosión de sensaciones







Fuera, el calor apretaba. Sin embargo, allí dentro, en la bodega, el clima era agradable. Era húmeda y fría. Olía a tierra. Olía a madera. Olía a humo. Era oscura y había sombras que parecían tener vida propia.

Patricia, que regenta un pequeño mesón en la villa a la que pertenece aquella aldea, me tendió la copa. Una copa de cristal fino. Fría al tacto. La alcé para mirar su contenido al trasluz. El caldo era claro. Olí y percibí esencias afrutadas. Lo toqué con la punta de la lengua y era dulce. Tomé un sorbo y lo dejé reposar en mi boca. Lo moví hacia los lados. Por último acabó en el estómago.

- Una buena cosecha-, le aseguré a Patricia.
- ¿Por qué no amplías tus horizontes?- me dijo, manteniéndome la mirada con aquellos ojos oscuros, ardientes.
- ¿Estamos hablando de mi vida?. Me he perdido.
- Claro que de la tuya-, dijo acercándose hasta casi rozar con sus labios los míos.
- Me gusta que me den consejos, es más, a veces soy yo el que los busco, porque de nada sirve refugiarse en un orgullo autosuficiente. Otra cosa es hacerles caso.
- Eres humilde y rebelde al mismo tiempo-, susurró; mientras el aroma de su cuerpo me envolvía hasta el punto de casi enloquecerme.
- Mírame-, me ordenó. Y al hacerlo me encontré con sus labios que devoraban los míos. Fue un beso largo y profundo.

Jugueteó con su boca haciendo que mi cuerpo la deseara. Sus manos recorrían mi espalda, mis hombros. Su pecho rozaba apenas el mio. Se apartaba y volvía a acercarse, a provocarme. Mi piel se erizaba de una forma incontrolada. Al final, acabé apartándome de ella como pude.

- ¿No me quieres catar a mi?-, y lo dijo quejándose.
- Patricia, no eres tú, soy yo. Soy gay.
- Cuando te he mirado pensé que me deseabas. Cuando he rozado tu oreja con mis labios, noté como tu respiración cambiaba.
- ¿No has oído hablar de las reacciones químicas?-. Y sin esperar su respuesta, salí de la bodega.

Fuera, el calor era insoportable.

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Fresas

Fresas


En mi tierra dicen los agricultores, que antes de recoger una cosecha, es necesario arar , abonar y plantar. Este año he plantado unas fresas. Del resultado no os voy a hablar. Lo dejaré a la imaginación de cada cuál. Eso sí, recomiendo encarecidamente que cada uno se dedique al campo que conoce y domina. Porque si aún en ese hay carencias y fallos, en los otros, los que desconocemos, pueden ser motivo de trastornos, incluso graves.

Paola, que, por alguna circunstancia que desconozco, era docta en temas agrarios, se dispuso a preparar el terreno. Así, convenció a Javier de que él era el príncipe con el que había soñado siempre. De que su mirada la hipnotizaba de una forma irremediable y la hacía mecerse en un sueño de nubes de algodón. Y si a esto unimos que la muchacha tenía unas proporciones envidiables y que, para más deleite de nuestros sentidos, sus facciones la hacían parecer una verdadera diosa, podemos entender el embobamiento de nuestro chico.

Paola, de la que no pongo en duda su honra, vivía con unas amigas. Amigas que ejercían la que dicen es la más vieja de las profesiones. Así las cosas, nuestra guapa protagonista femenina propuso una tentadora oferta al chico. Se iría a vivir con él, si, y sólo si, éste le compraba un pisito, que de antemano ya lo había ido a ver ella. Tenía que entregar una suma considerable de dinero, para garantizar la compra del mismo. Además debía ser en metálico, por aquello de respetar el dicho popular que reza que Hacienda somos todos, menos cuando hay que pagar. Ya habían pactado precio y condiciones; y firmado ante gestor inmobiliario - y es que a esos negocios de alterne acuden los menos pensados y sirven de oficina para las más diversas transacciones-.

Javier, no importándole hipotecar su vida en una conocida oficina bancaria local, retiró la mencionada cantidad y, maletín en mano, se dirigió a hacer efectivo el pago a la sucursal móvil de la gestoría, cuya razón social estaba sita en el piso al que acudía tan a menudo como el saldo de su tarjeta visa se lo permitía. Se quedó sorprendido al encontrar el local vacío y sin rastro de las chicas que vivieran allí.

Paola hizo bien su trabajo. El terreno era bueno y las condiciones climáticas favorables. Sin embargo se le olvidó lo más importante: recoger los frutos.

De mayor quiero ser niño

De mayor quiero ser niño



- Eres un inmaduro. Un payaso.


De pequeño me gustaba ir al armario de mamá y sacar de él unos zapatos de tacón, una camiseta, ó, una falda. Me las ponía y me acercaba al espejo de la coqueta. No para mirarme, sino porque allí tenía ella el maquillaje. Y con la barra de labios me pintaba la cara.

Hoy, en cierta manera sigo haciendo lo mismo. Y lo hago aquí, en el chat. Me gusta no verme siempre igual. Me gusta cambiar. Me gusta hacer espectáculo. Me gusta sacar mi lado infantil, que espero no perder.

Y aquí me encuentro con personas a las que robo una sonrisa. Personas que se acercan. Personas que, al igual que yo, disfrutan de la fantasía y de la imaginación. Personas a las que no se les ha olvidado esa otra forma de ver la vida: a través de los ojos de un payaso.

Me encuentro con otras personas que me miran mal. Que no critican. Que insultan. Y lo hacen convencidos de que en esta sociedad hay que ser maduros. De que en esta sociedad hay que seguir unas normas establecidas, -mal establecidas, añadiría yo-.

Me confieso culpable de ambos cargos. Aún así, cada vez que entre a una sala, seguiré escribiendo posibilidades.

Hoja en blanco

Hoja en blanco


Qué difícil resulta a veces escribir sobre una hoja en blanco. Tratamos de dar forma a las palabras, haciéndolas estéticamente bellas. Las modelamos a imagen y semejanza nuestra, expresando ideas, imágenes o sentimientos. Y todo ello a través de nuestra experiencia, de nuestras vivencias, de nuestros conocimientos.

Creamos belleza gracias a nuestras ideas. Y luego esperamos la valoración del lector. Que nos miran. Que nos critican. Que se aburren. O que se ríen. Escribimos porque esperamos ser leídos por alguien que se asomará a nuestro interior por un momento. Se asomará a ese instante que hemos detenido, capturado y retratado con más o menos acierto. Escribimos porque somos narcisitas.

Yo escribo porque puedo plasmar deseos, inquietudes. Puedo jugar a ser dios creando espacios, lugares, situaciones. Y lo puedo hacer sin la mirada atenta de nadie. En soledad, en silencio. Escritura de subsistencia, cuya única finalidad es alimentar mi propio yo.

¿Y tú, por qué escribes?. Ó , ¿por qué no lo haces?.

Busco una historia

Busco una historia



Sentado en la mesa de un concurrido bar pensaba que si se lo hubiera contado a alguien, todos habrían dicho que cometía un gran error. Seguramente no era cierto. Tenía una necesidad de hacerlo. De conocerla.

Pedí una tónica. La copa estaba fría. La acaricié suavemente con mis dedos. Al otro lado de la mesa estaba ella, radiante. Es extraño, nunca habría tenido una cita con una mujer. No de aquella manera. Pero allí estábamos los dos.


Cada día se escribe una historia. Hoy busco una: la mía. Una historia que me aleje de los fantasmas del dolor y la soledad.

Lucía y los hombres

Lucía y los hombres


Me encantan los hombres. A veces son mi debilidad. Otras mi fortaleza. Y sí, claro, otras también mi perdición. De lo que nunca me arrepiento es de probarlos. Aunque probarlos signifique tener siempre a mano el bicarbonato, por si surge la indigestión.

¿Tú eres mujer?. Sí, tú que estás aquí. ¿Lo eres?. Entonces, amiga mía, sabrás que para saber a qué sabe algo, hay que probarlo. Coges un trozo, lo llevas a los labios, lo masticas despacito para percibir los distintos sabores. Y luego decides. Porque ambas sabemos que las apariencias engañan. Los filetes tiernos, al cocinarlos, pueden convertirse en suelas de zapatos. Las pastas duras, al cocerlas, se derriten. Las galletas más dulces, resultan ser saladas o con sabor a limón. Las insectos fritos, que deberían ser agrios, son dulces mangares de dioses.

Por cierto, me llamo Lucía, y,... te voy a confesar algo. Ahora que llegan los primeros calores del verano me gustan los hombres fríos. Fríos como Antonio. Hombres de una sola noche. Hombres que buscan la satisfacción del momento. Que no ofrecen nada. ¿Inconveniente?. Se terminan enseguida al igual que los helados.

No creas, como a ti, también me gusta la intensidad y la pasión.¿Has probado la paella?. Yo la probé con Julio. La contraindicación es que debes alejarte de ellos, por lo menos hasta cierta edad. Suelen ser celosos y egoístas.

¿Y qué me dices de esos que son pesados?. Los que te hartan enseguida. Me recuerdan a la miel. Si sólo es una pequeña dosis, realza el sabor; si es más... aburre.

Hmmm me estoy acordando de Juan, un morenazo, sí señor, pero sin personalidad. Ja, ja. Cómo el marisco. Que sí, que soy gallega. Lo que te decía, está rico, pero tiene una coraza y no tengo paciencia para romperla.

¿Y Luis?. Me quiere mucho. Pero es incapaz de darme un no por respuesta. No sabe qué película ver. No sabe a que bar ir. No sabe que hacer una tarde de domingo. No sabe. Hay que aliñarlo porque por sí mismo no tiene sabor. Ya sé, justo como la ensalada.

Se lo comentaba a Manuel, cuando me propuso ir a un restaurante italiano. Manuel que la pasta ha de estar en su justa medida: ni muy cocida, ni poco hecha; y, en el Di San Remo, con toda su fama, nos podemos llevar una sorpresa, porque no se paran en los detalles.

Que sí amiga, que un hombre de calidad y con la consistencia y dulzura necesaria es difícil de encontrar.

Yo no lo he encontrado.

Rebelde

Rebelde


De pequeño ya era rebelde. No soportaba actuar como las personas corrientes.

Tanto, tanto, que una vez, después de intentar coaccionar a mi madre para conseguir cualquier juguete caro de moda, y sin éxito, opté por el plan B.

El plan B consistía, ni más ni menos, que tirarme al vacío desde el segundo piso, sin entresuelo, en el que por aquel entonces vivía. Y así se lo hice saber a ella.

Dicen que las madres son sabias y quieren mucho a sus hijos, pero a mí, en aquella ocasión no me lo pareció. Por lo menos lo segundo.

Recuerdo aún hoy aquella mirada seria. Recuerdo aún hoy y ahora lo que me espetó, sin ni siquiera titubear, Está bien. Tírate.
El oír eso me hizo cambiar de idea. No cumplí la profecía y actué sobre la marcha siguiendo un, podríamos decir, plan C: encerrarme en mi habitación y sollozar nerviosamente.

Princesas

Princesas

A los diez años y gracias a Míriam supe que las mujeres son manipuladoras. Dicen que el mundo se ha hecho a semejanza nuestra, la de los hombres. Dicen que somos nosotros los que lo disfrutamos.
Pero no, lo único que en realidad somos, es siervos suyos. No nacimos para mandar sino para la sumisión.

A los catorce, con la sofisticada Silvia, supe que las mujeres son celosas. El simple hecho de tomar un café sólo, acompañado de una amiga de infancia, provoca el encendido inmediato del motor de la desconfianza y el recelo.

A los dieciocho, con la amiga de Silvia, la cosmopolita Teresa, supe que las mujeres son acaparadoras. Después de iniciarme con ella, un día que sus padres no estaban, en el arte de los placeres carnales, pagué un alto precio: el de ser propiedad exclusiva suya durante dieciséis horas al día. Con voz, pero sin voto.

A los diecinueve, con Mari Carmen y su extraordinaria belleza, supe que las mujeres son mentirosas sin piedad. Por necesidad, por protegerse, por inconformismo, por rebeldía, por... lo que fuera, me dejó amparándose en la quinta enmienda de un tal artículo 52 de la constitución de Bruselas. Principio que nunca llegué a conocer.

Con los 20, llegó a mi vida Ana y su obsesión por la pintura, y supe que las mujeres no están contentas nunca con nada. Tampoco pude descifrar qué había detrás de aquella coraza.

A los 21 con Mónica supe que las mujeres amparándose en el infantilismo, son a veces, infieles. Cualidad respetable, siempre y cuando no lo nieguen escandalosamente, aprovechando nuestra sumisión y docilidad mendigante.

A los 33, he confirmado que siempre he sido una víctima. Que nos movemos y agitamos por ellas sin hacer caso al sentido común. Que las princesas azules destiñen.

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Confesiones

Confesiones


Qué hermoso es sentir la fresca brisa en el rostro y contemplar el mar sereno; el sol rojizo en el cielo; las nubes que se deslizan empujadas por el viento tomando curiosas formas.
Qué hermoso es sentir una mirada. Ver unos ojos fijos en mí. Unos ojos que transmiten, en silencio, una sensación de quietud.

- Buenas noches

Sí, la imaginación puede crear su propio universo. Hasta que alguien interrumpe y te devuelve a la rutina.

Dejé mi mundo y vi un paisaje menos exuberante. Un paisaje compuesto por un mostrador, una amplia recepción, en la que no faltan dos o tres plantas ornamentales, unas pinturas, y, una decoración acogedora y moderna propia de un hotel de su categoría.

- Buenos noches, caballero-, contesté cortésmente al cliente, que desde el otro lado de la barra, exigía mi atención.

Tomó en sus manos la llave de la habitación. Pero no se marchó, sino que puso a prueba mi capacidad de atención, -o tal vez debería decir comprensión-. Examen del que, sin duda, salí airoso y con nota. Y es que sus confesiones me han arrebatado una expresión de sorpresa cuando creía tener superada la posibilidad de sorprenderme.

La vida es lo que uno hace de ella.
Hay personas que nunca están satisfechas. Yo soy una de ellas. Mi vida navega durante todo el día en continuas sonrisas. Sonrisas forzadas. Risas que en realidad son llantos. Y a pesar de mi sonrisa, nadie me ha querido nunca. Sé que no hago las cosas bien. Las hago mal, porque quiero que me odien. Si me odian por lo menos se darán cuenta de que existo.
La vida es lo que uno hace de ella y yo he estropeado la mía.



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