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En el chat

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Me gustan las mujeres peligrosas, cuanto más peligrosas mejor. Vestirme de colores intensos. Llevar la iniciativa y que sean ellas las que caigan en la trampa. Las que supliquen quedarse en esa placentera trampa. Me atrae el misterio, pero no creo en los cuentos con final feliz, porque las perdices tienen más hueso que carne. No me gustan los sueños, ni engañarme con fantasías, ni depender de una mujer.

Por vestirme de depredador, por combinar colores, por no seguir los senderos comunes que todos siguen me he ganado un montón de etiquetas. Y todas, absolutamente todas las etiquetas, son injustas. Las buenas también.
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Una mirada

Caminaba por una calle gris y solitaria , sobre la que se extendía la noche con su oscuridad y sus sombras. Caminaba con el cuello del abrigo largo levantado tratando únicamente de ausentarme de mí mismo.

En ese caminar me sobresaltó el sonido de unos pasos que parecían los míos pero no, no lo eran. Nuestras miradas se entrelazaron por unos instantes.

Era ella. Ella, cuya mirada, cuya sonrisa se adueñó de mi alma. Ella a la que descubrí a la luz de luna y cuyos paseos a su lado se convertirían en habituales. Ella, con su cabello denso y suelto, con sus curvas marcando las caderas. Ella, cuyos labios rozaban los míos y yo recorría con mi dedo los suyos dibujando su forma. Ella, a la que besaba sus párpados, primero uno, luego el otro. Ella, cuya dulzura en su modo de hablar lograban borrar mis lágrimas. Ella.

Vinculados por un sentimiento cómplice, complicado, que en cierta manera nos atormenta. Aterrorizados por ese sentimiento que ha nacido en el tiempo. Unidos por nuestras miradas, por nuestros sueños, por nuestras palabras, por nuestros besos y fundidos en un abrazo del que no podemos escapar.

Me sobresalté por unos pasos que días más tarde sabría que eran los de Sofía. Fue un instante, apenas unos segundos, en los que una mirada uniría dos vidas.

Personajes: Coleccionista de momentos

Personajes: Coleccionista de momentos - Ha vuelto.
- Lo vio María ayer. Me contó cómo entró en la sala. Y cómo percibió su sonrisa inevitable cuando lo saludaron.
- Se vistió con su traje de estrellas y seguro que antes había estado mirándose al espejo y acicalándose con polvos de brillantina para parecer más hermoso.

Había regresado envuelto en un manto de silencio. Peregrinaba de nuevo por allí en busca de palabras. Palabras que encerraban sentimientos. Palabras que se clavaban como alfileres en el corazón, en el suyo o en el de otro, provocando una visión en él: la de tener una vida intensa.

Llegó y después de unos primeros instantes de incertidumbre, y habiendo recuperado la confianza en sus artes, apartó sus ojos lentamente de la pantalla para grabar esa nueva sensación que le producía el estar allí. Lo hacía para guardar aquel momento entre los otros muchos de sus recuerdos. Coleccionaba momentos.

Volvió y seguía robando voluntades ajenas, sentimientos, besos. No había dejado de ser ese vampiro capaz de robar un mundo de sensaciones que no le pertenecían haciéndolas suyas, haciéndolas reales por unos instantes. Sólo unos instantes. Era su diversión. El escape a la rutina cotidiana.

Todavía no sabe que la noche silenciosa y bella puede tornarse en un peligroso territorio lleno de fieras y de horror. No sabe del peligro que supone quedarse eternamente preso de un juego de ilusiones en un laberinto en el que se esconde su corazón.

Pero ahora estaba allí, entre la multitud. La diversión continúa.

Aida

Aida


Internet es parte de mi vida. En él me he enamorado. También he reído, odiado, llorado.

Te conectas y siempre hay un Néstor, un Latino o un Diablillo dispuesto a conocerte. Y tú, ante eso, y lo sugerente de los nicks, te subes por las paredes. Al final, después de unas cuantas horas, terminas desconectándote y al lado de la nevera tomando un refresco light, frío, muy frío. Light porque te tienes que cuidar. Frío para quitarte el sabor agridulce que te ha quedado en la boca.

Néstor es falso, mentiroso. Latino aparece y desaparece, y si tuviese que decir algo de él... a ver, déjame pensar, sí, eso: sería que únicamente busca la conveniencia. Son comidas rápidas, de una noche. Pero al lado de las comidas rápidas, están esas otras. Esas que se disfrutan sin prisas, saboreando cada ingrediente. Como Diablillo. Personas con las que, sin ver, sin hablar, teniendo como único instrumento de expresión un chat, surge una especie de complicidad, que primero es de amistad y, más tarde, de algo más profundo.

Son uniones sinceras. Son uniones que llegan tras horas de conversación. Uniones que acaban por olvidarse incluso de las palabras. Una pequeña mueca, un guiño, una coma, un punto y la otra persona, desde la lejanía, sabe lo que su Diablillo particular quiere expresarle. Se hablan sin manos, sin gestos ni sílabas. A veces sin vocales, sin consonantes. Y se lo dicen todo. Todo porque se convierten en una sola, en una única persona. Se disfrutan con susurros, sin reservas, sin límites, sin normas. Se entienden por esa pasión, por ese amor sano, por escucharse, por no callar, porque no todos somos Marta, ni Néstor, ni Latino.

Alias

Alias

- No me gusta lo que escribes, ni cómo lo escribes. Eres un prepotente.

Me encontraba, como cada noche, en el chat y, una vez más, regresan las críticas. A Marta no le gustaba lo que leía. No lo soportaba porque lo consideraba repulsivo. Pero continuaba allí. Continuaba leyendo.

Claro que imagino que Marta en realidad no era Marta. Era Isabel, o Ana, o Beatriz, o Antonio, o Carlos. Marta puede ser una persona que le ha ido mal el día en la clase de matemáticas; o en la oficina; o, haciendo caso a la superstición, alguien que se ha levantado con el pie izquierdo. En definitiva Marta es una persona que se refugia en un nick para desahogarse en el ciber-espacio.

Y yo comprendo a Marta. Porque Marta sólo es un alias. Un alias que dice, que opina, que se queja, que insulta, que participa. Y si Marta fuese un no-alias, por su timidez, por su carácter introvertido, por ser una más del montón que no está a gusto con lo que es, por eso todo, no se irritaría, no criticaría. Por eso la comprendo. Porque sería triste que sólo pretendiese encontrarme en el chat elogios y alabanzas.

De mayor quiero ser niño

De mayor quiero ser niño

- Eres un inmaduro. Un payaso.


De pequeño me gustaba ir al armario de mamá y sacar de él unos zapatos de tacón, una camiseta, ó, una falda. Me las ponía y me acercaba al espejo de la coqueta. No para mirarme, sino porque allí tenía ella el maquillaje. Y con la barra de labios me pintaba la cara.

Hoy, en cierta manera sigo haciendo lo mismo. Y lo hago aquí, en el chat. Me gusta no verme siempre igual. Me gusta cambiar. Me gusta hacer espectáculo. Me gusta sacar mi lado infantil, que espero no perder.

Y aquí me encuentro con personas a las que robo una sonrisa. Personas que se acercan. Personas que, al igual que yo, disfrutan de la fantasía y de la imaginación. Personas a las que no se les ha olvidado esa otra forma de ver la vida: a través de los ojos de un payaso.

Me encuentro con otras personas que me miran mal. Que no critican. Que insultan. Y lo hacen convencidos de que en esta sociedad hay que ser maduros. De que en esta sociedad hay que seguir unas normas establecidas, -mal establecidas, añadiría yo-.

Me confieso culpable de ambos cargos. Aún así, cada vez que entre a una sala, seguiré escribiendo posibilidades.

Lucía y los hombres

Lucía y los hombres

Me encantan los hombres. A veces son mi debilidad. Otras mi fortaleza. Y sí, claro, otras también mi perdición. De lo que nunca me arrepiento es de probarlos. Aunque probarlos signifique tener siempre a mano el bicarbonato, por si surge la indigestión.

¿Tú eres mujer?. Sí, tú que estás aquí. ¿Lo eres?. Entonces, amiga mía, sabrás que para saber a qué sabe algo, hay que probarlo. Coges un trozo, lo llevas a los labios, lo masticas despacito para percibir los distintos sabores. Y luego decides. Porque ambas sabemos que las apariencias engañan. Los filetes tiernos, al cocinarlos, pueden convertirse en suelas de zapatos. Las pastas duras, al cocerlas, se derriten. Las galletas más dulces, resultan ser saladas o con sabor a limón. Las insectos fritos, que deberían ser agrios, son dulces mangares de dioses.

Por cierto, me llamo Lucía, y,... te voy a confesar algo. Ahora que llegan los primeros calores del verano me gustan los hombres fríos. Fríos como Antonio. Hombres de una sola noche. Hombres que buscan la satisfacción del momento. Que no ofrecen nada. ¿Inconveniente?. Se terminan enseguida al igual que los helados.

No creas, como a ti, también me gusta la intensidad y la pasión.¿Has probado la paella?. Yo la probé con Julio. La contraindicación es que debes alejarte de ellos, por lo menos hasta cierta edad. Suelen ser celosos y egoístas.

¿Y qué me dices de esos que son pesados?. Los que te hartan enseguida. Me recuerdan a la miel. Si sólo es una pequeña dosis, realza el sabor; si es más... aburre.

Hmmm me estoy acordando de Juan, un morenazo, sí señor, pero sin personalidad. Ja, ja. Cómo el marisco. Que sí, que soy gallega. Lo que te decía, está rico, pero tiene una coraza y no tengo paciencia para romperla.

¿Y Luis?. Me quiere mucho. Pero es incapaz de darme un no por respuesta. No sabe qué película ver. No sabe a que bar ir. No sabe que hacer una tarde de domingo. No sabe. Hay que aliñarlo porque por sí mismo no tiene sabor. Ya sé, justo como la ensalada.

Se lo comentaba a Manuel, cuando me propuso ir a un restaurante italiano. Manuel que la pasta ha de estar en su justa medida: ni muy cocida, ni poco hecha; y, en el Di San Remo, con toda su fama, nos podemos llevar una sorpresa, porque no se paran en los detalles.

Que sí amiga, que un hombre de calidad y con la consistencia y dulzura necesaria es difícil de encontrar.

Yo no lo he encontrado.

Princesas

Princesas A los diez años y gracias a Míriam supe que las mujeres son manipuladoras. Dicen que el mundo se ha hecho a semejanza nuestra, la de los hombres. Dicen que somos nosotros los que lo disfrutamos.
Pero no, lo único que en realidad somos, es siervos suyos. No nacimos para mandar sino para la sumisión.

A los catorce, con la sofisticada Silvia, supe que las mujeres son celosas. El simple hecho de tomar un café sólo, acompañado de una amiga de infancia, provoca el encendido inmediato del motor de la desconfianza y el recelo.

A los dieciocho, con la amiga de Silvia, la cosmopolita Teresa, supe que las mujeres son acaparadoras. Después de iniciarme con ella, un día que sus padres no estaban, en el arte de los placeres carnales, pagué un alto precio: el de ser propiedad exclusiva suya durante dieciséis horas al día. Con voz, pero sin voto.

A los diecinueve, con Mari Carmen y su extraordinaria belleza, supe que las mujeres son mentirosas sin piedad. Por necesidad, por protegerse, por inconformismo, por rebeldía, por... lo que fuera, me dejó amparándose en la quinta enmienda de un tal artículo 52 de la constitución de Bruselas. Principio que nunca llegué a conocer.

Con los 20, llegó a mi vida Ana y su obsesión por la pintura, y supe que las mujeres no están contentas nunca con nada. Tampoco pude descifrar qué había detrás de aquella coraza.

A los 21 con Mónica supe que las mujeres amparándose en el infantilismo, son a veces, infieles. Cualidad respetable, siempre y cuando no lo nieguen escandalosamente, aprovechando nuestra sumisión y docilidad mendigante.

A los 33, he confirmado que siempre he sido una víctima. Que nos movemos y agitamos por ellas sin hacer caso al sentido común. Que las princesas azules destiñen.



Cita a ciegas

Cita a ciegas Tentadoras. Las citas a ciegas son siempre tentadoras. Para algunos, la única forma de acercarse a alguien. Para otros, un simple juego. En uno y otro caso una ruleta rusa.

Esta es la historia de Antonio. Que la conoció en unos de esos chats.
Que se lo había dicho Carlos: métete una noche, hombre. Que no son cuentos. Y él lo hizo. Se metió.

Allí dio con ella. Una experta en amoríos. Él la contemplaba cada tarde al salir de la oficina. Dejó el bar, la partida y las tragaperras. Y vivió para su sueño. Hermoso sueño de nubes azules. Dicen las malas lenguas que lo relajaba. Yo creo que era un celoso empedernido. Y por esas noches en vela sospecho que tuvo problemas.

Intentó poner solución a su vida. Y un día, que se salpicó la camisa con la jarra de cerveza, quedó con ella. Se vistió y cogió el paraguas por eso de la lluvia. Olía a Paco Rabanne y a ilusiones frustadas, pero él no lo sabía.

Paseó sus pretensiones arriba y abajo. Pasaron los minutos. Pasaron las horas. El teléfono del amor desesperado comunicaba. Lo que quedó de la cita: una mañana demasiado larga.

Oración

Oración Como cada noche acudí al acantilado. El mar estaba tranquilo e iluminado por la luna. Oí el aleteo y el arrullo de chorlitejos, correlimos y cormoranes. Una leve brisa agitó mi gorro. Eso hizo que levantara mi mirada y observase la decoración que el cielo había elegido para la ocasión: tonos ocres salpicados de manchas rosáceas.

Sobre una gran roca que semejaba un altar, dispuse el cuenco de barro. Añadí el fruto de la remolacha y el licor destilado del alambique. Después de macerar con hierbas, especias y frutas, tomé una parte del ungüento con un viejo cucharón, y, con un gesto firme, seguro y contundente invoqué al dios Efesto, hijo de Zeus, que descargó su ira y las llamas cobraron vida en el néctar que mi mano asía. Muy despacio lo dejé caer sobre el bol que contenía el resto de la mezcla espirituosa.

El resplandor del fuego me transportó a tiempos remotos. Alcé las manos al cielo. Las aves dejaron de arrullar. El mar embraveció. El viento se tornó brusco. Y el cielo oscureció.

Mi silueta, que la dibujan en la arena las llamas, parecía la de un personaje diabólico. Recité el conjuro, implorando a dioses y espíritus:

Que las grietas ni las hendiduras me derrumben,
Que el mal de ojo no me alarme,
Que mis muros soporten el peso de los agravios,
Que las tradiciones no sean barreras insalvables,
Que mi existencia no se convierta en suplencia,
Que sea consciente de mis propias debilidades,
Que no me sienta mal sólo por vivir,
Que mis letras no las borren ni las cubran de pintura negra.


Caí rendido al suelo y el fuego se apagó. Tomando del cuenco bebí el concentrado que resultó sabroso a mi boca.
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¿Cómo puedo dejarlo ahora?

¿Cómo puedo dejarlo ahora?


Bella, elegante y sonriente acudo a la cita, como a un estreno de cine. Ese valor y esa libertad que encuentro me hacen sentir irrepetible ante ese continuo desfilar de horteras.

Camino por esa senda de disparates nocturnos para escapar de una serie de cosas, y esa no es una buena razón para ir. Lo sé, pero ¿cómo puedo dejarlo ahora?. Ahora, después de dos años de ilusiones, de esperanzas, de sonrisas, de lágrimas, de tantas y tan buenas medicinas para mi alma enferma. Es demasiado tarde. Es tan sorprendente y tentador lo que encuentro allí. Sólo sé que ahora me lanzo cada noche diciendo que sí, que esa será la última...

pero no lo es.


¿Qué hay detrás de un chat?.
No lo sé.
Para mi un círculo pequeño y cerrado del que no logro liberarme.

Una canción

Una canción
Me has dicho que escuche una canción. Que a ti te ha fascinado. Que disfrute de su letra.

La música está en cada uno de nosotros. Y su valor depende de nuestra respuesta personal en un momento dado.

La caja

La caja No puedo apartate de mi mente. Posees ese magnetismo innato del que no puedo huir. Pero en todo esto hay algo extraño. Me da miedo quedarme dormido por las noches. Miedo a ese sueño que se repite una y otra vez y que no entiendo.

En una habitación, que no es la mía, descubro un paquete que alguien a colocado con sumo cuidado. Un gran lazo violeta lo envuelve. En la siguiente escena aparece en mis manos una caja roja, de relojería. Una caja abierta, vacía. Una caja que me susurra que me vaya al mismo tiempo que se oyen unas pisadas que se acercan. Se acercan y yo no me muevo. Se acercan y alguien me abraza por la espalda.

- ¿Te ha gustado?-, me pregunta una voz suave y profunda.
- Te acompañaré a la puerta-, es mi respuesta.

Vals

Vals



Una cama y una colcha. El respaldo de una silla. Una escalera de caracol. Yo sentado en un escalón. Y tú en otro.

La música no paraba de sonar. Tú llevabas una orquídea en el pelo, tenías una sonrisa cálida y las mejillas sonrosadas. Te cogí una mano. Luego la otra. Y, sin despegar los pies del suelo, bailamos el vals. Nuestro pasos se adaptaban perfectamente. Los movimientos de nuestros cuerpos eran acompasados. Aproveche un ligero roce para besarte la oreja. Deseé hacerlo en los labios. Tenía la impresión de estar soñando. Pero en uno de los giros me miraste. Percibí un rostro de sufrimiento. Y sí, me estremecí. Era la mirada de una princesa comprometida. Pero adiviné que yo no era el príncipe.



Yo sentado en un escalón. Y tú en otro.
- Es extraño estar sentados aquí de nuevo, ¿verdad?
- Sí, cuántos recuerdos.
- Quisiera quedarme sentado aquí...solo
- ¿Para qué?
- Porque soy sensible al vals.

Doctor Jekyll & Mr Hyde

Doctor Jekyll & Mr Hyde


¿Diablillos o angelitos?




Todos tenemos algo de ambas cosas. Pero tú, ¿Con cuál te quedarías?

Medicina para el alma

Medicina para el alma Me he levantado con una frase en la cabeza, la tuya:


Cuando estás conmigo y estás callado, también me estás diciendo algo.

Scooby, Anxo y Fabiola

Scooby, Anxo y Fabiola

Anxo había crecido mucho. Era ya casi un hombrecito con sus diez años. Adorado y consentido por sus padres. Vivo, alegre y travieso.

Fabiola lo abrazó. Se pusieron a jugar animadamente los dos. Él la aceptaba. Y ella se enamoró de la criatura. Lo quería como si fuese suyo. En la cena le preguntó sobre lo que hacía, sobre sus amigos, sus juegos; y hablaron animadamente. Lo fue a acostar y le propuso contarle un cuento. Fabiola se sentó en la cama y Anxo, entre las sábanas, se abrazó al viejo perrito Scooby Doo que lo acompañaba todas las noches desde hacía años. Y comenzó el relato, tras advertirle que tenía que estar muy atento.


Cuentan los viejos, que fue la reina Doña Inés quien, sabiendo de la devoción que por ella sentía el príncipe Constantino, dio orden que lo condujesen a palacio. Éste, descendiente del malévolo brujo causante del estado en que se encontraba su hija, la princesa Anastasia, era el único capaz de romper el hechizo; eso sí: él dormiría hasta que su amada lo despertase con un beso en la barbilla.

Una vez en palacio, Constantino se presento ante la reina. Una de las mujeres más fascinantes y peligrosas de la época. Se inclinó hacia delante, cogió su mano y la besó.
- ¿Vino?- ofreció doña Inés.
- Gracias señora.

La dureza del rostro de ella se suavizó. Y le dijo:
- Vos sabéis lo afligida que estoy por el estado de mi hija. De igual modo sabéis que sois el único capaz de despertarla de su letargo y romper el encantamiento. También conozco vuestros sentimientos hacia mi persona. Así que hacedme este favor y yo, como prueba de agradecimiento, os recompensaré desposándome con vos. Conozco también que tengo en mis labios el poder de devolveros la vida y romper para siempre esta pesada carga con la que está hipotecada nuestras vidas. Si es tan grande el amor que sentís por mi, id a la torre y salvad a Anastasia.

Él la amaba, de eso no cabía duda, y estaba dispuesto a afrontar todas las posibles consecuencias con tal de conseguirla. Incluso, si ella no lo salvaba, quedaría privado de su vida.

Así es como el príncipe tomó el camino de la torre. Entró a la cámara adornada con ricos tapices donde yacía Anastasia. Cayó de rodillas ante la princesa. Su entendimiento le advirtió que tuviese cuidado, que aquello era peligroso. Se odió por quererla tanto. ¿Era realmente una lágrima lo que había en aquellos ojos oscuros?. Quizá, porque se enfrentaba a un dilema que lo podía conducir a la muerte. No hizo caso a su entendimiento, y se repitió que no podía ofender a la reina, que sólo quería servirla a ella y que ella lo sacaría de su cautiverio y vivirían felices. La besó.

“La princesa abrió lentamente los ojos, parpadeó varias veces y miró a uno y otro lado. Se incorporó y vio la cabeza de un hombre sobre su regazo. Extrañada, con los dedos índice y pulgar de sus manos sujetó un instante la cabeza inerte del caballero que al soltar, volvió a caer sobre ella. Intentó despertarlo en vano, así que lo apartó como pudo y saltó de la cama. Se desperezó, mesó su pelo, sacudió su vestido y se dispuso a bajar las escaleras de palacio.
Antes de eso, sin embargo, una fuerza interior la obligó a pararse. Se volvió hacia el hombre que yacía al lado de su cama, y sus ojos se entornaron presos de una dulce candidez.
Cogió su almohada, la colocó bajo la cabeza del príncipe, y tras darle una palmadita en la espalda... se fue”


Lo que si falta por saber es si la reina salvó a Constantino o sólo lo atrajo porque lo necesitaba.

Fabiola contempló a Anxo que dormía plácidamente.

-Se parece a su padre-, exclamó. Había superado la primera prueba.
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Versos y lágrimas

Versos y lágrimas Allí estaban los dos.

A Hechicero el escenario le resultaba mágico. Y se transformó en el de siempre. Primero saludó a los conocidos y dejó a Fabiola en un segundo plano. Pero como ella lo ignoró, empezó a recitarle los versos que hubiese repetido a cualquier otra y en cualquier otro momento, convencido de que podía hacer lo que quería con las mujeres que le interesaban.

- Me diviertes-, le espetó ella. - Y me gusta tu actuación, aunque deberías mejorarla, añadirle algún que otro efecto especial más, porque empieza a hacerse monótona y a cansar a los que te conocemos. Por cierto, hay cosas que no cambian; te he visto hablar animadamente con otra mujer en la sala.-

Él se calló. No lo esperaba. Y así fue como el incidente cambió el desarrollo de la conversación. Cuando recobró el entendimiento le pudo contestar.

- A ti tampoco te importa el que esté con otras mujeres. ¿Desde cuándo te han preocupado mis juegos de una noche?. Disfruto entre la gente y me entretengo. Me gusta dar una palabra amable unas veces, o provocadoras otras, a aquellos que entran; me gusta reírme con ellos y aplaudirles a veces. Sin embargo por ti siento un gran respeto y te amo. Te amo ... sólo a ti.

- Entonces vamos, díselo a ella.

- Si ella no estuviese me casaría ahora mismo contigo y te demostraría cuáles son realmente mis sentimientos.

- Pero está. Y tú planteas hipótesis. Sabes perfectamente que no te atreves a decírselo. A dejarla.

- No. No se lo diré ahora. Pero si me das tiempo seré tuyo y se lo diré.

- Si tu me dejas, me volvería loca. Sé también que después de un tiempo me recuperaría. Y no estoy dispuesta a que me tomes o me dejes cuando te resulte más conveniente.

- Fabiola tienes que entenderlo. Deseo más que ninguna otra cosa estar contigo de verdad. Y te lo aseguro... algún día lo estaré.

-¿Cuándo?

- Sé paciente. Tú y yo estamos hechos el uno para el otro. Lo sabemos ambos. Lo supimos la primera vez que nos encontramos por casualidad. No tardaré mucho en ser parte de tu vida.

- Ya lo eres. Y no creas que voy a dejar que te apartes de mi lado.

- Pues ahora he de hacerlo; de lo contrario perderé mi empleo.

Besaron el monitor. Lo besaron ambos. Él volvió a su trabajo preguntándose si alguien advertiría que había estado con su amada. Ella, se quedó allí, inmóvil, pero una vez más sus ojos se le llenaron de lágrimas.

Me has dicho

Me has dicho Me has sonreído y me has dicho que sí,
que ya lo sabías.
Que hace tiempo que lo imaginabas.
Que sólo esperabas oírmelo decir.

Que las cosas no son complicadas,
que las complicaciones las ponemos nosotros.
Que querías irte,
que no podías.

Que las nubes no siempre son grises.
Que el viento no nos va a llevar el paraguas.
Que estás harta de que te pongan vendas en los ojos.
Que hemos acortado distancias.

Que estás aquí.
Que te busque.
Que cuente contigo.
Que me quieres.

Eso me has dicho.
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