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miramar

Patio de luces

Tiranía encubierta

Tiranía encubierta

En la calle, un niño de unos siete años,

- Mamá me tienes que comprar el Siemens CF62, porque Juan lo tiene desde el mes pasado. Y se ríe de mí. A Borja se lo comprarán mañana. A ti te da igual que mis compañeros se rían de mí....

La madre, accede, diciéndole que sí, que se encargará más tarde de mirarlo.

Entro en una tienda con la esperanza de encontrar unos calcetines de aquellos gordos como los que hacía la abuela. En el mostrador, una señora de mediana edad, intenta convencer al, imagino nieto, que la única diferencia entre aquellos vaqueros es que uno se llama Levi’s y su precio es de 75 €, y el otro Lobi’s y cuesta una tercera parte, ante la compasiva mirada de la dependienta, una rubia con una sonrisa de cine. El niño afirma el parentesco con la señora,

- Abuela, que los que quiero son éstos.

No se hable más. Lo ha dejado bien claro.

Con los calcetines metidos en una bolsa ecológica, que no sé si por serlo, no aguanta casi el peso de la prenda, me dirijo a casa no sin antes pasar por la asesoría, en la que he de firmar un contrato basura.

- Le atendemos en un momentito. Por favor, pase a la sala de espera. Me siento en un cómodo sofá. Sólo estoy yo. Enfrente una auxiliar administrativa atiende a un señor y a su hija. Él se esfuerza por explicarle a la profesional un tema, deduzco delicado, en torno a su economía, mientras que la niña reclama la atención inmediata, para en un momento dado decirle,

- Mira que eres idiota papá-, con la consiguiente risa del progenitor y de la administrativa.

En la educación, como en una buena cena, tenemos dos opciones, conseguir los ingredientes más apropiados, prepararlos, cocinarlos y servirnos; ó bajar al restaurante más próximo y que nos la den ya servida.
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Idolos de cartón papel

De una foto suya hice un póster que he colgado en mi habitación; el teléfono móvil está animado por un video suyo. En el ordenador ocupa el lugar privilegiado del escritorio. Y no es un clásico de Shakespeare.

Poco a poco se ha convertido en una especie de ídolo, de Dios menor. Resulta sorprendente que mi vida haya girado en torno a un gato.

Un minuto para la reflexión.

Contaba mi abuelo...

Contaba mi abuelo...

Contaba mi abuelo que aliviaba el dolor y el sufrimiento acudiendo religiosamente a cierta tasca cada vez que tenía algunas monedas en el bolsillo. Eso sí, decía a su mujer que iba a casa de su hermano a jugar la partida. Y la partida se alargaba toda la noche y tomaba aroma a buen vino.

Contaba mi abuelo que la carne es débil y las noches tentadoras para negarle alguna que otra alegría al cuerpo. Pero no todos los días, -en este caso noches-, se puede hacer tonto al que tiene fe. Por eso ella dejó unas monedas en el bolsillo de su pantalón, el de él, envueltas como era costumbre en la época en un pañuelo de tela. Por eso él, ni corto ni perezoso, que por algo era un tipo echado para adelante, seducido por las monedas, se disfrazó de caridad y se dirigió como ferviente devoto a su santuario particular.

Contaba mi abuelo que aquella noche ella lo siguió. Que en lo mejor de la partida y del trago se presentó allí armada con una estaca de roble del país. Que le habló de lealtad y le frustró la copa y la partida.

Contaba mi abuelo que sus amigos le recomendaron cambiar de tasca. ¿Y si se presentaba ella allí de nuevo?. Entonces la solución pasaba por cambiar de mujer. Contaba que él dejó de salir por las noches y que llevaba en silencio, con amargura y resignación su nueva vida.

Sin saber del todo cierto si el final fue cierto o no, creo que todos nosotros somos dos personas. Una, la que carga con la vida sana y coherente de la pareja. La otra, la que aprovecha cualquier resquicio para apartarnos de la primera ruta.

Niños adultos

Niños adultos

Un bullicio espectacular envuelve el ambiente festivo de feria. Unos van. Otros vienen. Algunos compran. La mayoría pasea.

Un chico joven, de ojos profundos y tristes, muy tristes, reclama mi atención.

- Señor, ¿me puede dar algo?

Apenas nos cruzamos las miradas. Sigo mi camino. A cinco metros me detengo a comprar un pequeño y caro capricho de madera. A mis espaldas suena la misma frase dicha por el mismo chico joven de ojos profundos. Acierto a poner una moneda en su mano. Y antes de que nuestras miradas se reencuentren me sorprende con una afirmación contundente sacada de cualquiera, quizá esta misma mañana.

- Hay gente que gana incluso cuando pierde.

El color lo pones tú

El color lo pones tú Hoy me duele el alma. Cuando me duele el alma suelo mirar fotografías. Fotografías en blanco y negro. Fotografías antiguas. Algunas rotas; maltratadas por el paso de los años. Y otras color sepia. Ese sepia que invita a soñar. Soñar con bajar al fondo del mar ó subir a la cima más alta de una montaña. Soñar con estar fuera de esta agonía que invade mi ser.

Soñar con esa vida brillante de otro tiempo. Con esos amigos variopintos, que juntos, formabamos el club de los intelectuales incomprendidos, o de los cómicos de chaqueta zurcida, o de los adolescentes en busca de sexo fácil, o de los toreros que anhelaban una plaza con una atmosfera festiva y tensa que invitase a respirar con sus olés.

Fotos que esconden sonrisas o lágrimas, sueños o tragedias, que susurran palabras tiernas o ariscas, que muestran paraisos, universos compartidos, tropiezos y rutinas, suspiros y escalofríos.

Pinceladas llenas de insospechados matices que han pasado por sus manos y por las de él y han llegado a las mías. Y ahora reposan en el libro de los recuerdos y las añoranzas. Y a veces, como ahora, me sirven de consuelo. Consuelo a esa noche larga que cubre con su manto negro mis lágrimas en la almohada.

Si buscas amor eterno estás condenada al fracaso

Si buscas amor eterno estás condenada al fracaso

Julio era un mes de mucha actividad en la oficina. Las negociaciones más sustanciosas acostumbraban a ser ahora en verano. Victor era un tipo muy popular entre los clientes de J.P. & y asociados. Trabajaba lejos del hogar doce horas diarias. Dormía de domingo a jueves en un hotel. Y el viernes se marchaba a casa. Allí lo esperaban su esposa Sofía y Cristina, su hija adolescente.

Eran las siete de la tarde de un miércoles soleado. Víctor, tras leer un informe y comprobar unas gráficas, cerró los ojos, estiró el cuello hacia atrás y se llevó las manos a la cabeza. Estaba seguro que esta vez, la operación había sido un completo fracaso. Respiró profundamente, y sin pensárselo, se levantó de la silla y se dirigió a la oficina del jefe, el Sr. Blanquiño. Tras llamar a la puerta, entró con paso decidido y colocó encima de la mesa el informe.

- ¡Mierda!. Te dije que estudiaras todas las posibilidades. ¿Y qué haces tú?. Fiarte de la intuición de un novato.

- Señor, la idea era buena. Y yo asumo todas las responsabilidades. El único que se ha equivocado soy yo....

- Responsable, responsable...Quiero que te tomes un respiro. Vete a casa hasta el lunes. No te quiero ver por aquí. Y por el amor de Dios, encuentra cualquier resquicio legal al que podamos echar mano.

- Sí señor.

Eran las diez de la noche cuando llegó a casa. No había llamado. Les daría una sorpresa. A Cristina la oyó en la habitación. Bueno, lo que realmente escuchó fue el cd de Chayanne. La cadena musical que le había regalado en su último cumpleaños cumplía sobradamente con los watios que prometía. Pero Sofía no estaba. Era raro. No tenía hambre. No iba a cenar. Así que decidió salir al jardín.

- Bonita noche para pasear, cariño.

Sofía volvía a casa con las mejillas encendidas, con el pelo descompuesto. Daba la impresión de que acababa de abandonar una cama. Al verlo notó un estremecimiento. Notó como se le tensaba el vientre. Notó como se le hacía difícil tragar saliva.

- He...sí. Demasiada calor en casa-, dijo desconcertada. - Cristina tiene problemas en el Instituto; el fontanero sigue sin aparecer; los de la asociación siguen sin encontrar las facturas... Ha sido un día muy duro. ¿Pero tú que haces hoy aquí?.

Por un istante permanecieron en silencio. Sofía esperaba la reacción de Víctor. No era capaz de mirarlo. Sabía lo desaliñado de su aspecto.

Él se acercó y atrajo aquel cuerpo femenino que tan bien conocía hacía si. Olío una fragancia de hombre que él ya no usaba y pensó que su mente ahora le traicionaba incluso en la percepción de sensaciones. Le tocó con su boca los labios. Ella meneo la cabeza, pero lo besó. Las lágrimas empañaron los ojos de Sofía; y de sus labios surgían palabras que no podía pronunciar.

- Sofía estás temblando....
- Estoy un poco cansada. Te importa dejarme. Me voy a dar una ducha.
- Sí, ... claro.

Camino de la ducha no podía olvidar a Lorenzo. Tenía que admitir que estaba loca por él. Si buscas amor eterno estás condenada al fracaso. A la decepción. A decepcionarte. O a decepcionarle. Es mejor disfrutar del instante, apurarlo hasta el límite.

Hombre no querer a hombre

Hombre no querer a hombre

Hace años conocí un hombre. Era un hombre alto, educado, amable. Era un hombre de bien que vestía camisa de Pierre Cardin y pantalón Levi’s. Era un hombre que apenas chapurreaba el castellano.

Había llegado de la lejana Alemania traído por su afán de ampliar su cultura topográfica. Había venido a pasar unos días y se quedó toda una vida, prendado por lo que sus ojos contemplaron: una tierra, un mar, llenos de color y de vida. Vida que llenó sus necesidades espirituales.

La gente del lugar lo conocía y sabía de él. Sabía que dejó el hostal e, instalado en una roca, trabajó la piedra e hizo su museo. Sabían que disfrutaban de sus razonamientos, de sus palabras, de sus gestos. Y él sabía de la gente del lugar, de su gente.

El tiempo no se detiene y, después de haber disfrutado de nuestra tierra, un día nos dejó el amante del amor.

Han pasado ya algunos años y, aún hoy, resuenan sus palabras en mi mente:

hombre no querer a hombre.

Estaba solo

Estaba solo Tenía hambre. Estaba solo.

Paseé por las calles de la ciudad. Miré algunos escaparates que encontré a mi paso. Saboreé el olor que se escapaba entre las puertas de los restaurantes y mi imaginación alcanzaba el éxtasis imaginando que era yo el que disfrutaba de esos placeres culinarios preparados con mimo por los más exigentes profesionales del ramo.

Era tarde. Era ya noche. Seguía paseando y las calles empezaban a llenarse de gente joven. Que iva. Que venía. De un lado para otro. Con risas, con empujones, con palabras de todo tipo. A cada uno de ellos parecía no importarle lo que hacían los demás. Fuera de los locales de copas, con los vasos de plástico de a litro en la mano, bebían de la música, de los gritos ajenos, de los suyos propios, del néctar barato que habían comprado a precio de oro en el local de moda.

Me dejé llevar por ese espectáculo de olores, de luz, de ruido y de muecas y sonrisas indefinidas que abrían al poseedor las puertas a un mundo imaginario lleno de riesgos y peligros.

Seguía teniendo hambre. Seguía estando solo.

En mi andar llegué a una calle oscura llena de parejas aparcadas en los portales disfrutando ingenuamente de besos robados, con o sin sentido, con o sin amor. Una calle llena de seres hipnotizados por el deseo, en el asiento trasero de un coche, pagado a plazos por un padre o una madre que ahora no dormía esperando su regreso al alba.

Me encontré vagando por la calles bulliciosas. Sólo.

Recordé cómo Adrián me abrió la puerta del Megane plateado; cómo salí; cómo arrancó.
Me había abandonado.

Reserva tu viaje

Reserva tu viaje

Siéntate. ¿Estás?. Olvídate de las prisas; de mañana; de hoy; de ayer; de tus amigos; de tu familia; de las deudas; de las rebajas. Olvídate de la adquisición de cosas; de la zancadilla al que ves como contrario; del servilismo; de sueños imposibles. Olvídate de mí; de que estoy aquí. Olvídate del tiempo.

- Bienvenido a la soledad y al silencio. Escucha lo que tu interior tiene que decirte; aquello que nunca le dejas. Porque no tienes tiempo. Porque no tienes ganas. Porque no es el momento. Porque no es lo correcto. Porque te sorprenderías a ti mismo.


Viaja por tu interior.
No tengas miedo.
Pasea
Piensa
Sé crítico

Fresas

Fresas

En mi tierra dicen los agricultores, que antes de recoger una cosecha, es necesario arar , abonar y plantar. Este año he plantado unas fresas. Del resultado no os voy a hablar. Lo dejaré a la imaginación de cada cuál. Eso sí, recomiendo encarecidamente que cada uno se dedique al campo que conoce y domina. Porque si aún en ese hay carencias y fallos, en los otros, los que desconocemos, pueden ser motivo de trastornos, incluso graves.

Paola, que, por alguna circunstancia que desconozco, era docta en temas agrarios, se dispuso a preparar el terreno. Así, convenció a Javier de que él era el príncipe con el que había soñado siempre. De que su mirada la hipnotizaba de una forma irremediable y la hacía mecerse en un sueño de nubes de algodón. Y si a esto unimos que la muchacha tenía unas proporciones envidiables y que, para más deleite de nuestros sentidos, sus facciones la hacían parecer una verdadera diosa, podemos entender el embobamiento de nuestro chico.

Paola, de la que no pongo en duda su honra, vivía con unas amigas. Amigas que ejercían la que dicen es la más vieja de las profesiones. Así las cosas, nuestra guapa protagonista femenina propuso una tentadora oferta al chico. Se iría a vivir con él, si, y sólo si, éste le compraba un pisito, que de antemano ya lo había ido a ver ella. Tenía que entregar una suma considerable de dinero, para garantizar la compra del mismo. Además debía ser en metálico, por aquello de respetar el dicho popular que reza que Hacienda somos todos, menos cuando hay que pagar. Ya habían pactado precio y condiciones; y firmado ante gestor inmobiliario - y es que a esos negocios de alterne acuden los menos pensados y sirven de oficina para las más diversas transacciones-.

Javier, no importándole hipotecar su vida en una conocida oficina bancaria local, retiró la mencionada cantidad y, maletín en mano, se dirigió a hacer efectivo el pago a la sucursal móvil de la gestoría, cuya razón social estaba sita en el piso al que acudía tan a menudo como el saldo de su tarjeta visa se lo permitía. Se quedó sorprendido al encontrar el local vacío y sin rastro de las chicas que vivieran allí.

Paola hizo bien su trabajo. El terreno era bueno y las condiciones climáticas favorables. Sin embargo se le olvidó lo más importante: recoger los frutos.

Confesiones

Confesiones

Qué hermoso es sentir la fresca brisa en el rostro y contemplar el mar sereno; el sol rojizo en el cielo; las nubes que se deslizan empujadas por el viento tomando curiosas formas.
Qué hermoso es sentir una mirada. Ver unos ojos fijos en mí. Unos ojos que transmiten, en silencio, una sensación de quietud.

- Buenas noches

Sí, la imaginación puede crear su propio universo. Hasta que alguien interrumpe y te devuelve a la rutina.

Dejé mi mundo y vi un paisaje menos exuberante. Un paisaje compuesto por un mostrador, una amplia recepción, en la que no faltan dos o tres plantas ornamentales, unas pinturas, y, una decoración acogedora y moderna propia de un hotel de su categoría.

- Buenos noches, caballero-, contesté cortésmente al cliente, que desde el otro lado de la barra, exigía mi atención.

Tomó en sus manos la llave de la habitación. Pero no se marchó, sino que puso a prueba mi capacidad de atención, -o tal vez debería decir comprensión-. Examen del que, sin duda, salí airoso y con nota. Y es que sus confesiones me han arrebatado una expresión de sorpresa cuando creía tener superada la posibilidad de sorprenderme.

La vida es lo que uno hace de ella.
Hay personas que nunca están satisfechas. Yo soy una de ellas. Mi vida navega durante todo el día en continuas sonrisas. Sonrisas forzadas. Risas que en realidad son llantos. Y a pesar de mi sonrisa, nadie me ha querido nunca. Sé que no hago las cosas bien. Las hago mal, porque quiero que me odien. Si me odian por lo menos se darán cuenta de que existo.
La vida es lo que uno hace de ella y yo he estropeado la mía.
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Ser diferente

Ser diferente Toño, 45 años en una silla de ruedas. Un optimista donde los haya.

- He visto, Adriana, que en el pastizal, un grupo formado por varias cabezas de reses atacaban a otra, en una lucha que parecía a vida o muerte.
- Eso, primo, ocurre cuando se introduce una nueva cabeza en un grupo ya formado.

- He visto, Adriana, que en el corral, unos pollos peleaban con otro, que aparentemente era más fuerte.
- Eso, Toño, pasa cuando una gallinácea invade la privacidad de un conjunto de aves de su misma especie.

- También he visto, Adriana, que en el palomar, una de las palomas tenía una pata rota y estaba acurrucada; debía llevar varios días sin comer y las otras le estaban dando picotazos.
- Eso,..
- Ya, ya lo sé. Las palomas son crueles entre ellas y cuando una esta lisiada... o simplemente es diferente, la picotean hasta matarla. - , hizo una pausa y siguió, -A veces, la gente también es así. No le gustan los que somos diferentes.

Habló sin tristeza, constando simplemente un hecho.

Una noche redonda

Una noche redonda


Esmeralda es para mí como una inundación de luz que, en una sala oscura, lo llena todo.

Lo decía ayer Javier, un chico no siempre formal, que en lugar de aprovechar la fiebre del sábado noche para intentar intimar con una mujer, para intentar jugar a las sensaciones experimentales, se recogió a media noche y prefirió la siempre buena compañía de un amigo.

Jugó con el calor de la ausencia de Esmeralda para relatarme como fue a buscarla al bar en el que trabaja. Unos de esos que sirven cubatas de litro a tres euros y jarras de cerveza, de litro también, a dos. Se había arreglado bien, lo mejor que pudo, e incluso perfumó algo el coche, un Renault 5, rojo, y un poco destartalado; con la esperanza que a todos nos invade en estos casos: la de satisfacer sus instintos más primarios.

Lo cierto es que ella ya lo estaba esperando. Y él, muy respetuoso con nuestra protagonista, la invitó a ir acabar la noche a otra ciudad cercana a ésta. Fue un camino de bromas, risas y sonrisas. Llegaron y, después de las primeras copas, empezaron a sentirse eufóricos y de lo más sociables. El caso fue que esa excesiva sociabilidad desembocó en que Esmeralda acabase en manos de un tercero en discordia, que, como ellos, había salido a evadirse del agotador y monótono trabajo de toda la semana y del que halló refugió entre los suaves brazos de Esmeralda.

Javier no sabía qué hacer, ni en qué entretenerse. Y cómo buen chico que es, fue aguantando hasta que amaneció para acercar a los dos tortolitos a sus respectivas casas. No iba a dejarlos allí: no tenían coche.

Una noche redonda, sentenció Javier.

2, 13, 16, 21, 32, 42

2, 13, 16, 21, 32, 42

- Buenos tardes
- Hola

Le hubiese hablado del tiempo o , ¡qué se yo!, de cualquier otra cosa intranscendente. Pero mis ojos se detuvieron, por un instante, en los suyos. Esos ojitos negros que, sin pretenderlo, eran reflejo de sus meditaciones: Ahora el giliflautas este va y me cuenta la película de siempre. Qué vida, ¡señor!, qué vida.

En vista de lo cual, pensé que tampoco me costaba tanto no amargarle más la tarde a la chica de pelo largo, ojos negros y mirada triste. Así que introduje los números y el vil metal. Aguardé mientras me devolvía el resguardo de la operación y el cambio. Cuando lo hizo, me limite a asentir con un simple gesto. Y volviéndome a encontrar con su mirada advertí en ella una muestra de agradecimiento. Salí sin más.

Si hubiese tenido dos dedos de frente, no hubiese entrado. No hubiese perdido el tiempo en tentar al azar. Me pregunté por qué jugaba a la lotería. Y la única razón que se me ocurrió fue que lo hacía con la perspectiva de poder cantarle las cuarenta a la jefa y restregarle en sus narices mi nuevo status. Por desgracia, nunca ocurre. Nunca gano. Y cada semana sigo entrando a la administración de lotería de la chica de pelo largo, ojos negros y mirada triste.

Al borde del abismo

Al borde del abismo

Vivimos siempre al borde del abismo. De la indiferencia. Cuando las cosas nos van mal, miramos al pasado y rechazamos el presente, argumentando que cualquier tiempo pasado fue mejor. Y rechazar es limitarnos. Limitar nuestras posibilidades.

Laura, mi querida Laura, vivía en la indiferencia. Le gustaba jugar a dos bandos. Era pura apariencia. No era real. Quería vencer sus miedos. Quitarse su máscara. Huir de la sombra. Era frágil. No conocía la verdad. Renunciaba a sí misma a cambio de unas monedas. Tenía un niño. Un montón de esperanzas. Un móvil. Y una tarjeta pre-pago.

Nadie se preocupó si era eso lo que buscaba. Entre risitas, sus clientes, decían, que la suya, era una profesión como otra cualquiera.

Permanecía dormida pensando en despertar un día. Viviendo al borde del abismo. Engañando al dolor, posponiéndolo, mirando hacia otro lado.

- ¿Has visto el titular, Juan?
- No

Mujer de 17 años muere por sobredosis en Vallecas.

más que perder

más que perder


Del segundo cajón saco los Donuts y las patatas fritas. De la nevera, la coca-cola.
La televisión ya está encendida. Sólo tengo que sentarme.
Mamá no está, trabaja fuera de casa. Papá tampoco. Pero aunque estuviesen, cada día tenemos menos de qué hablar. Tenemos más televisión que ver, más juegos de la play station a los que perder.

Historias con dos finales

Historias con dos finales
Matías lucía un impecable traje gris. A su lado Martina acaparaba su atención.
- Querido, has visto los michelines de la señora Ester. Con ese vestido tan ajustado que lleva se los ve mover en todas direcciones cuando ella anda. Y no es por criticar, pero al marido la barriga no le deja ver los zapatos.

Ester y su marido, sonriendo, se acercan a Martina y a su acompañante.
- Hola Matías. Hola Martina. Venimos a la selección de personal para un anuncio de televisión. Carlos nos ha convencido de que tenemos grandes posibilidades para salir elegidos. Parece ser que necesitan personas de buena presencia y con un cuerpo estilizado. Querida, después de darle vueltas al tipo de vestido conveniente, me decanté por este que realza mi figura. Anda, ¡mírame bien!. Sinceramente, ¿tú cómo me ves?.

Primer final.

- Ester, te ves muy guapa. Precisamente comentaba con Matías que siempre has tenido un muy buen gusto a la hora de elegir el tipo de prenda que has de llevar en cada ocasión. Estoy segura que se fijaran en ti y triunfarás.

Segundo final.

- No sé Ester... yo me pondría otro tipo de prenda más amplia que disimulara un poco mejor la grasa. Ese vestido lo único que hace es marcar tus movimientos de cadera que son poco estéticos. Es mejor que te vayas a cambiar, si quieres presentarte.





¿Hay que decir siempre la verdad?. Hay quien dice que hay que ser un poco mentirosos para conservar a los amigos. Y es que la verdad, a veces, hace daño, te hace aparecer cruel y pierdes las amistades.

¿Con qué final te quedarías tú?.

A veces lo olvido, porque callas

A veces lo olvido, porque callas

986 84 72 ...
El auricular pegado a la oreja. Espero. Espero, pero no contesta. Quizás me haya equivocado.
986 84 72...

Hoy ya no vives en casa. Vienes poco por aquí. Y cuando lo haces, siempre tienes prisa. Prisa por marcharte. Sufrí cuando te fuiste a estudiar. Y en esas salidas tuyas en las que nunca llegabas a casa a la hora que prometías. Yo no dormía esperando oír el sonido de tu llave en la puerta al entrar. No dormía cuando oía tus pasos tambaleantes por el pasillo y el tropezón involuntario en la coqueta al entrar en tu habitación. Sufrí cuando empezaste a trabajar. Y más tarde, aunque nunca te reproché nada, cambiaste nuestro cariño por tu libertad. Una madre lo sabe, pero calla.

Extraño ese beso tuyo al encontrarnos. Extraño ese abrazo cálido del que ahora te avergüenzas tanto si soy yo la que abro mis brazos para sentir tu corazón. Estás tan cercano y tan lejano a la vez. Lejano, porque sé de tu incapacidad para acercarte a mi, pero callo.

Añoro esas palabras que toda madre espera oír de su hijo. Esas palabras que no me das. Ese te quiero, mamá. Sabes hijo, a veces lo olvido, porque callas.

Pip, pip, pip, pip........

No estás. O no me coges el teléfono. Si lo hicieses, lo harías de mala gana. Lo noto en el tono de tu voz cuando me hablas. A veces me cuelgas sin más. Una madre sabe esas cosas, pero calla.
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Homo homini lupus

Homo homini lupus

Era un jueves 13 de abril. Marsyas, un joven adolescente de un barrio obrero barcelonés se dirigió a la secretaria del instituto en el que estudiaba. Llevaba bajo su brazo dos sobres que contenían la visión que la sociedad y las circunstancian le habían impuesto.


Unos días más tarde su profesor de literatura preguntó en clase quién era Marsyas. Pero reinó un silencio sepulcral. Insistió la profesora de lengua del Instituto Milà i Fontanals, que, cosas del destino, no era otra que la media naranja del profesor.


Fue cuando nuestro joven rebelde, con cara de ángel, pelo de punta al más estilo punk. Pantalón Cimarrón negro, camiseta negra y una pulsera de cuero trenzado en su mano izquierda, se levantó, y, sin darle mayor importancia al asunto, argumentó que era él. Ni siquiera se identificó con el siempre necesario carnet.


Y así se enteró que el viernes 21 de abril de 1989, su artículo había quedado en el tercer puesto del concurso literario que había tenido lugar




Homo homini lupus






El pescado olía mal, al leche estaba agria, el vino me llegó avinagrado, las cuajadas caducadas y el patio interior hedía a humedad. Había jardines ante mi balcón y hoy hay claraboyas ribeteadas de alquitrán. Salí a la calle y un tubo de escape me dejó sin respiración. Los plátanos, de delante de mi casa, se van muriendo lentamente de una enfermedad tropical. El heroinómano de la esquina va a matar un día de esos a su madre, en pleno arrebato del mono, porque no hay centros para él y los subnormales vuelven ahora a sus casas porque no hay dinero para más talleres. Deambulé por las calles durante dos horas. Los coches vuelan, los peatones cruzan en rojo y los motoristas practican sobre el asfalto una variedad combinada de slalom y descenso: la ciudad es una jungla.


¿Qué ocurriría -me pregunté- el día en que todos prescindiéramos de la atención y el cuidado elementales que reclaman nuestros respectivos trabajos?. Imaginé una ciudad donde los camareros servían los macarrones a puñados, por aquello de ganar tiempo; donde los barberos rebanaban, -involuntariamente, por supuesto-, orejas y yugulares; donde los maestros contaban a sus alumnos normas gramaticales de cosecha propia; donde los cirujanos operaban a gran velocidad, sin haberse desprendido de las gafas de sol ni del pitillo; donde las asistentas decidían que su trabajo doméstico podía despacharse instalando unos cuantos aparatos de riego por aspersión en varias habitaciones y alimentando las mangueras con lejía; donde los jueces dictaban sentencia basándose en el dado 1-X-2 que emplean algunos quinielistas; donde animosas parturientas decidían resarcirse de los nueve meses de vida monástica saliendo de juerga durante una semana y dejando al bebé encerrado en su cuartito, con un bocadillo de kilo y una coca-cola de litro; donde los parlamentarios, aburridos de los grandes temas, dedicaban una legislatura a hablar de fútbol y otra del último grito de la moda; donde los carniceros, cansados de prestar atención, empezaban a dejarse pedazos de dedo sobre la madera al partir las costilletas de lechal con el cuchillo de hoja ancha; donde los líderes de las grandes potencias, tras tantos años de contención, creían llegado el momento de recompensarse con el supremo regalo: apretar el botón.


¿En que mundo vivimos?. Vivimos en la jungla, y, lo que es peor, estamos a un paso del caos. Caos al que tentamos cada día, desde siempre, y al que seguiremos tentando mientras no cambie la sociedad y ésta no lo podrá hacer si antes no han cambiado sus individuos, ya que ésta es, en definitiva, el fruto de los individuos que la componen. El hombre debería, por tanto, trabajar sobre si mismo, sobre su relación con los que le rodean y sobre su propio entorno. Es absurdo pensarlo.




MARSYAS

Muñeca de porcelana

Muñeca de porcelana Sentada en un sofá. Media olvidada. Mirada frágil de cristal. Vestida de época. Cabello rubio, ondulado. Y nada de goma.

Desde mi cárcel veo pasar el tiempo. Y como avanza por un camino pedregoso la vida de los inquilinos. Esos que a veces se detienen a mirarme, pero que nunca se acercan demasiado. Tienen miedo a romperme, porque me he convertido en un objeto. Un objeto de decoración.

Y así es como no saben que tengo dotes para leer las líneas de sus manos, las muecas de sus caras, sus gestos. Ni siquiera saben que puedo leer los trazos dibujados en la arena.

Tampoco saben que sé de sus miedos, de sus vicios, de lo televisivos o cómicos que son. No sabe él que es un esclavo de la belleza, que enseguida se enamora de un taconeo, de una falda corta. No sabe ella que su afición al champán rosado la está deteriorando, ni que envidio su barra de carmín.

Y sigo sentada en el mismo sofá. Media olvidada. Mirada frágil de cristal. Vestida de época. Cabello rubio, ondulado. Y nada de goma.
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